Presentaciones de clases sobre el Mundo Otomano

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El Estado otomano, modelo islámico de sociedad pluralista

Otomano fue durante cinco siglos el más poderoso estado musulmán de Oriente, desde Argelia hasta Irán, de Viena hasta el Índico. El sultán de Estambul marcaba el paso del tiempo. Entre los siglos XIV y XVIII judíos, cristianos y musulmanes, griegos, armenios, eslavos, magiares, turcos, árabes y bereberes compartieron una patria común donde sus derechos, creencias y libertades eran respetados por decretos imperiales. Se trataba de una sociedad multicultural, multinacional y multirreligiosa sin comparación con ninguna otra en la historia de la humanidad. Por esa razón, un intelectual francés como Guillaume Postel del siglo XVI denominó al Imperio Otomano como la “República de los Turcos”, 100 años antes del surgimiento de la Ilustración y 230 años antes de la Revolución Francesa.

Altai, el origen de los turcos

El topónimo Altai proviene del turco (Altağ o Altay, de Al, «oro» y tağ, «monte») y del mongol (Altain-ula, «montañas de oro»). Es una cordillera situada entre las actuales Rusia, China, Mongolia y Kazajistán, y que en 1998 fue Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO por la riqueza y diversidad de su fauna y flora.

Los turcos eran uno de los diversos pueblos que poblaban antiguamente estas montañas. Estaban emparentados con los mongoles y vivían como pastores practicando el nomadismo. Su religión era chamánica y veneraban los elementos de la naturaleza.

Francisco Veiga, historiador de la Universidad Autónoma de Barcelona, señala que «Se conoce por “turcos” a toda una serie de pueblos originarios de las estepas de Asia central que tienen en común la utilización de ese idioma; no hay otras características físicas o culturales aglutinadoras.» (1)

Y añade Veiga la siguiente explicación tan poco conocida y tan necesaria: «La mayor parte de los pueblos de las estepas de Asia Central y Siberia eran altaicos, provenían de un origen geográfico común en los montes Altai… Sus lenguas también forman parte del tronco altaico: las diversas variantes del turco, las del mongol, las tungusis. Los hunos pertenecieron a ese conjunto y también los escitas o los búlgaros.» (pp. 24-25)

El avance hacia el oeste

Lo que la historia parece demostrar es que en torno al siglo VIII, y tal vez empujados por tribus mongolas, diversos clanes turcos se expandieron hacia el oeste y contactaron a otro pueblo que estaba esparciéndose por Asia: los árabes. Algunos de estos clanes turcomanos decidieron abrazar el monoteísmo que pregonaban los árabes, el Islam, y apostaron también por abandonar el nomadismo como forma de vida. El líder de uno de estos clanes sedentarizados e islamizados, Selÿuk, acabó dando el nombre de un primer imperio turcomano: los Selÿúcidas o Selÿukíes [no confundir con los Seléucidas, los descendientes de Seleuco I Nicátor y reino helenístico en la Antigüedad clásica] (2)

En el siglo IX, otros pueblos turcos se asentaron en una tierra que hoy llamamos Turquestán y que limitaría con Uzbekistán, Siberia, la India e Irán. Aún así, no se limitaron solo a ocupar esta región y siguieron conquistando otras tierras hacia el oeste. Atravesaron las llanuras iranias y decidieron instalarse en Mesopotamia y en el oriente de Anatolia.

En el año 1055, bajo la dirección de los Selÿúcidas, una colaición de pueblos turcomanos asediaron la antigua capital califal, Bagdad. Después de conquistarla, el líder selÿúcidas, Togrul, se autoproclamó sultán, imitando otras jefaturas musulmanas de Medio Oriente y Asia Central. Era el segundo sultán turco, después de Mahmud de Gazni (3).

Dieciséis años después, en 1071, los turcos selÿúcidas continuaron su avance hacia el poniente y derrotaron al emperador bizantino Romanos IV en la batalla de Manzikert (en turco, Malazgirt) junto al lago Van. Se les abrió un nuevo mundo ante los ojos: la península de Anatolia, y con ella el mar, el Finis Terrae de Asia y el extremo occidental de la “Ruta de la Seda”, que iban siguiendo desde que contactaron con ella el mar interior de Aral. Su camino desde Altai se iba a detener. A partir de allí, si querían expandise habrían de avanzar de otra manera. Debían enfrentar a pueblos cristianos y también aprender a dominar el mar y sus posibilidades. El desafío de la gran transformación: un pueblo de nómades y jinetes que se convertiría en navegantes del Mediterráneo.

Anatolia (del griego anatolí, “tierra al oriente”), la antigua Asia Menor, estaba poblada por cristianos fundamentalmente griegos, que los árabes y turcos denominaron rumíes (de romanos).

El mar en el horizonte

Hacia el siglo XIII, el gran Imperio Selÿúcida que llegaba del Egeo a Siberia se fraccionó en múltiples satrapías o gobernaciones independientes (beyliks) regidas por un bey (caudillo).

La presión de las invasiones de los mongoles de Gengis Jan (1162-1227) favoreció la llegada al poniente de otros pueblos turcomanos que huían de las estepas asiáticas.

Uno de estos clanes fugitivos islamizados llegó a Anatolia en el siglo XII y fue el germen del futuro sultanato otomano u osmanlí (que sería su verdadero nombre en turco). Ertugrul (1198-1281) era el bey de la tribu turcomana recién llegada a la meseta anatólica, los Kayi, que escapaba de los mongoles. Su propio padre, Suleimán (Solimán en castellano), se había ahogado cruzando el Éufrates en la huida. Ertugrul llegó a los dominios del sultán de Rum como aliado. Y éste, llamado Ala al-Din Kayqubad II, le nombró gazí y le concedió una marca en la frontera occidental del sultanato que debía defender de un poderoso vecino: el Imperio Bizantino. Era el año 1250 y gazí era el término turco equivalente al árabe muÿáhid que designaba a los combatientes que defienden el Islam.

Ertugrul venció a los bizantinos y entró en la ciudad de Sogut, hoy una localidad de 20 mil habitantes de la provincia de Bilecik, en Turquía, a mitad de camino entre Ankara y Estambul.

Fue así como en 1258 nació en Sogut un niño llamado Osmán. Era el heredero de Ertugrul y fue el impulsor del Estado osmanlí u otomano.

Osmán, a partir de su ascenso como heredero de Ertugrul en 1281, permitió que los pobladores griegos cristianos que residían en su beylik continuaran cultivando las tierras en condiciones menores duras de las que lo habían hecho ante los señores feudales bizantinos. Tampoco obligó a la conversión a la fe islámica a la nueva población, en tanto que pueblo del Libro (Ahl al-Kitab) reconocido por el Sagrado Corán. Aunque lo cierto es que el Islam fue creciendo gradualmente, a medida que éste se presentaba como más beneficioso social y económicamente. Una convivencia y libertad de cultos que es fundamental para entender las posteriores bases del mundo otomano. Finalmente, en 1299, Osmán decidió romper su vasallaje ante el sultán de Konya, Ala al-Din Kayqubad III, afirmar su independencia y acuñar moneda propia (de plata), a imitación del Imperio Bizantino de Trebisonda (1204-1461). Había nacido el Imperio Otomano que duraría hasta 1922.

Vidas paralelas de Habsburgos y Osmanlíes

Dos grandes familias han marcado los destinos de Europa durante los últimos siglos: los Habsburgos y Osmanlíes u Otomanos. Sus vidas incluso parecen paralelas. Ambas estirpes surgieron dominando marcas fronterizas durante el siglo XIII. La primera mirando hacia el sol naciente en la llamada “Marca del Este” u Österreich (que era su denominación en alemán y derivaría en la voz latina Austria) frente al mundo eslavo y magiar. La segunda, mirando a poniente, común marca fronteriza del sultanato de Rum frente a Bizancio. Los austriacos desde 1276, y los turcos desde 1299.

Ambos dieron un gran impulso en el siglo XV como dinastías reales al pasar a dominar dos grandes imperios (el Sacro Imperio Germánico y el Otomano), y a consolidarse como las mayores potencias del mundo en el XVI. En el caso de los Habsburgos sobre todo gracias a su rama española, los llamados “Austrias”, que con sus inacabables posesiones tanto europeas como americanas y del Índico parecían dominar el Planeta. La otomana, dominando también tres continentes: Europa del este, Norte de África y todo Oriente Próximo hasta Irán y las costas índicas de la península arábiga.

Obviamente, ante tanto poder, ambas familias se enfrentaron directamente. Lo hicieron en los dos asedios de Viena (1529 y 1683) y en Lepanto (1571), aunque en verdad estuvieron combatiendo durante toda la Edad Moderna, desde la Primera guerra austro-otomana (1526-1552) hasta la Octava guerra austro-otomana (1787-1791). No obstante, a partir del siglo XVII su poder entró en una dulce decadencia que se alargó durante casi doscientos años hasta el fin de la Primera Guerra Mundial, cuando ambos linajes, paradójicamente, dejaron de gobernar sus imperios casi en el mismo momento. Los Habsburgo en 1918 y los Otomanos en 1922. También había sido una gran paradoja que en la llamada Gran Guerra (1914-1918), austriacos y otomanos fueran aliados junto a los alemanes combatiendo contra británicos, franceses y rusos. En total, desde su fundación, mantuvieron su imperio 642 años en el caso de los austriacos, y 623 años en el caso osmanlí. Todo un récord, y toda una coincidencia, sin duda.

El pluralismo otomano

Dominando desde la fronteras de Marruecos con Argelia hasta el mar Caspio, desde Budapest hasta el golfo de Adén, en el Índico, el Imperio otomano fue durante siglos una de las más importantes potencias de la historia de la humanidad, y una de las pocas que rivalizó con Occidente.

Nació como una taifa (4) musulmana en el extremo noroeste de Anatolia a mitad del siglo XIV y llegó a su reconocimiento internacional cuando derrotó a los bizantinos y sus dirigentes tomaron en 1453 la ciudad de Constantinopla, llamada a partir de entonces Estambul (5).

El momento de máximo esplendor llegó con Suleimán Kanuní (El Legislador), llamado “El Magnífico” por los occidentales, que gobernó un fabuloso imperio en tres continentes a mediados del siglo XVI, en pleno Renacimiento europeo. Después, y durante varios siglos, vivió una lenta agonía hasta su definitiva desaparición en 1922, tras el fin de la Primera Guerra Mundial.

El Imperio Otomano estaba dirigido por turcos, pero no estaba formado solo por turcos. De hecho el sultán era turco [aunque hubo sultanes cuyas madres eran griegas, eslavas o venecianas] como alguno de los grandes nobles, pero muchos visires (ministros) y líderes políticos y militares del imperio no eran turcos, ni siquiera musulmanes. Tampoco algunos de sus grandes dirigentes económicos.

La transnacionalidad y la diversidad de culturas y religiones estaban en la propia esencia del Imperio Otomano. Un imperio que tomó el nombre de una familia —los hijos de Osmán (en turco) o Uzmán (en árabe); de la fonética inglesa Othman, degeneró el término Otmán u otomano— y no de un territorio o una tribu.

Mehmet, el sultán benefactor de griegos ortodoxos y católicos franciscanos

El sultán otomano Mehmet II (1432-1481), conocido como Fatih (Conquistador), era hijo de Murat II (1421-1451), un sultán que derrotó la última cruzada en la batalla de Varna (Bulgaria) en 1444.

En Bursa (6), la primera gran capital otomana, el joven Mehmet fue instruido en ciencias, filosofía y literatura, y aprendió a hablar fluidamente en griego, árabe, persa, latín y hebreo, además del turco.

Poco después de su entrada oficial en Constantinopla, la ciudad que hoy conocemos como Estambul, el 31 de mayo de 1453, Mehmet II, con apenas 21 años, concedió un privilegio a los cristianos genoveses que confirmaba su condición de súbditos protegidos del sultán. El barrio genovés siguió en Gálata, al otro lado del Cuerno de Oro, donde había estado desde el siglo XII.

Al año siguiente, en 1454, Mehmet II restauró el Patriarcado Griego Ortodoxo el que fue presidido por el patriarca ecuménico, teólogo y filósofo Gennadius Kourtesios Scholarius (ca. 1400 – ca. 1473). Por esa razón, Mehmet II debe ser considerado uno de los sultanes otomanos de mayor criterio, razonamiento amplio y librepensamiento.

Después de la toma de Constantinopla convocó a los humanistas griegos e italianos a su corte. Hizo traducir al turco el credo de la fe cristiana e incorporó a su biblioteca personal muchos libros en griego y latín.

Dos reconocidos especialistas agregan: «El sultán, rodeado de sabios, artistas y técnicos griegos, italianos y de Europa Central, ansiaba conocer, comprender. Mehmet Fatih, clarividente, apostó por la “modernidad” antes de tiempo. Fue justo lo contrario de un fanático. Se interesó por la religión cristiana, que era la que profesaba su madre, protegió a la minoría judía y estudió la corriente shií de los persas. Encargó que le leyesen los escritos de autores griegos y latinos (Séneca, Polibio, Claudio Ptolomeo, etc.) y apreció las artes occidentales: al final de sus días llamó a su corte al pintor veneciano Gentile Bellini.». (7)

Así como Bizancio y su imperio fueron el crisol en donde se fundieron los elementos romanos, cristianos y helénicos para formar algo nuevo (8), el Imperio Otomano generó su propia civilización, donde se sincretizaron elementos turcos, árabes, persas, bizantinos, italianos, armenios y otros, en uno de los imperios más tolerantes y cosmopolitas de la historia universal. Y aprovechando la organización bizantina, árabe y turca previa, los otomanos generaron un poder central que trajo estabilidad a zonas conflictivas, tanto así que se habla de la Pax Otománica, tal como en la antigua Roma existió la Pax Augusta.

La arquitectura es hasta el día de hoy uno de los mejores ejemplos de lo otomano como tal. La tradición árabe, persa y turca se fundieron con la técnica griega, mostrando edificios con mosaicos y varios intentos para intentar igualar Santa Sofía, como se ve especialmente en el trabajo de Sinán (s. XVI), el arquitecto de la edad dorada de Solimán “el Magnífico” (9).

La unión de lo turco y lo bizantino hizo que muchos abrigaran la idea del heleno-turquismo, pensando quizás en un imperio bicéfalo turco-griego. Así lo hizo Jorge de Trebisonda, quien le hizo llegar cartas a Mehmet II que parecían reafirmar los derechos sobre Europa del líder turco, ya que le señalaba que: «El asiento del Imperio Romano es Constantinopla. […] Por lo tanto, usted es el legítimo emperador de los romanos. […] Y aquel que permanece como emperador de los romanos es también emperador de toda la Tierra.». (10) . Si bien no se produjo la alianza deseada y aún cuando el ser más profundo de lo griego siempre lamentó la caída de Bizancio, esperando la hora en que volviera a ser cristiana, con casos más extremos como la resistencia armada en las montañas de los kleftes y armatolis (11), quizás una de las consecuencias de esta unión griego-turca fue la creación de la nueva organización social otomana, los millet o milla, barrios casi independientes separados por creencias y tradiciones, que permitieron la autonomía de hecho y permanencia de las tradiciones de los grupos más organizados (12), como el millet de los griegos del barrio de Fanar, que llegaron a dominar la economía y serían conocidos como los fanariotas. (13)

La islamización de Bosnia fue muy rápida luego de la conquista otomana de principios de 1463. Entre 1468-9 había en el país aproximadamente 185.000 cristianos y 1.700 musulmanes. Hacia 1485 los cristianos eran 155.000 y los musulmanes 22.000. En 1520, había 98.000 cristianos y 84.000 musulmanes. Hacia 1600 los musulmanes eran mayoría en Bosnia.

El sultán otomano Mehmet II Fatih emitió un firmán (decreto imperial) en 1463 que dice lo siguiente: «Yo, Mehmet el hijo de Murat Jan, ¡siempre victorioso!, declaro ante todo el mundo que mediante este decreto sultánico los franciscanos bosnios están bajo mi protección. Por lo tanto ordeno que nadie moleste o dañe a esta gente y sus iglesias. Vivirán en paz en mi estado y tendrán seguridad y libertad. Permanecerán en sus monasterios que están localizados en las fronteras estatales. Ninguno en mi imperio, notable, visir, sheij o sirviente humillará su honor o le ocasionará un daño. Tampoco nadie los insultará, pondrá en peligro o atacará sus vidas, propiedades e iglesias. Al hacer público este decreto juro sobre mi espada en el santo nombre de Dios que ha creado el cielo y la tierra, en el Enviado de Dios Muhammad y en de los 124.000 profetas, que ninguno de mis ciudadanos se opondrá a este decreto».

El edicto original llamado en turco-persa “Ahdnama” permanece guardado en el monasterio franciscano de Fojnica. Es uno de los más antiguos documentos sobre la libertad religiosa.

El decreto de Mehmet II entró en vigencia en el Imperio Otomano el 28 de mayo de 1463. En 1971, las Naciones Unidas publicaron una traducción del documento en todos los idiomas de la organización mundial.

La ciudad de Fojnica en Bosnia y Herzegovina existe desde el año 1365. El monasterio franciscano guarda 17.000 volúmenes de los que 13 son incunables. Han sobrevivido gracias al edicto del sultán Mehmet.

En 1479, el pintor Gentile Bellini es enviado por el dogo de Venecia a ponerse al servicio del sultán Mehmet II. Allí realizará un magnífico retrato del soberano otomano que hizo historia. El retrato del sultán Mehmet II por Gentile Bellini puede apreciarse hoy en la National Gallery de Londres.

El testimonio de un pensador francés

Guillaume Postel fue lingüista, filólogo, astrónomo, cabalista, diplomático, profesor y religioso universalista francés. Nació el 25 de marzo de 1510 en el pueblo de la Dolerie à Barenton (Manche) y falleció el 6 de septiembre de 1581 en París. Desde joven se interesó por las lenguas semíticas y estudió árabe, hebreo, arameo y siríaco. Esos conocimientos le permitirían ser contratado por la corona francesa para llevar a cabo servicios en ultramar.

En 1535, en vísperas de la alianza militar y política entre el sultán Solimán el Magnífico (1494-1566), llamado Kanuní (‘Legislador’) y Francisco I de Francia (1494-1547), Postel fue enviado a integrar la secretaría del embajador francés en Estambul como intérprete ante la corte sultánica y con la misión de estudiar y obtener manuscritos y fuentes árabes para la Biblioteca Real en París.

En la capital otomana el erudito francés adquirió diversos manuscritos islámicos y a su regreso redactó la primera gramática del árabe clásico y creó la primera cátedra de árabe en París en 1549.

Entre 1548 y 1551 visitó nuevamente Estambul y su viaje se extendió a Siria y Palestina donde logró adquirir una nueva colección de manuscritos árabes sobre astronomía y diversas ciencias, entre ellos obras del científico persa Nasiruddín al-Tusi (1201-1274) y el historiador damasceno Abulfeda (1273-1331).

Postel aprendió a leer y a escribir fluidamente el árabe, el hebreo, el etíope, el armenio y el georgiano, y se convirtió en un estudioso de cuestiones místicas y esotéricas. Tradujo al latín del hebreo el Zohar o Libro del Esplendor (que es el tratado cabalístico por excelencia), el Sefer Ietzirah (Libro de la Creación), y el Sefer ha-Bahir (Libro de la Claridad). También realizó un original y pormenorizado comentario sobre la Menorah (el candelabro de siete brazos que simboliza los arbustos en llamas que vio el Profeta Moisés en el Monte Sinaí) y su significado esotérico.

También fue profesor de matemáticas y lenguas orientales en el Instituto Real (l’Institut Royal), que más tarde se convertiría en el Colegio de Francia.

Postel habla de los turcos otomanos, de “su humanidad, justicia y fidelidad” en su obra De la république des Turcs o “Sobre la república de los Turcos”  escrita hacia 1560 (14). El mismo Postel, alaba la celeridad, la honestidad y la ecuanimidad de la justicia de los turcos otomanos, que coteja con la “inmoralidad” y la “corrupción” de los tribunales franceses.

Así también compara la administración otomana con la “República” de Platón donde el sultán Solimán es el soberano virtuoso de un estado ideal, democrático y feliz.

Aviadores otomanos del siglo XVII

Estambul con sus centenares de esplendorosas mezquitas y elegantes minaretes es la meta de miles de turistas provenientes de los cuatro puntos cardinales del planeta.

Pero muy pocos de estos viajeros que visitan diariamente Estambul y observan la Torre Gálata saben que desde ella se lanzó al espacio el primer aviador de la historia turca y el segundo de la historia islámica. La Torre Gálata fue construida en 1348 en la colonia genovesa de Pera, separada de Constantinopla por el llamado estrecho del Cuerno de Oro.

Desde esta torre se puede ver una vista panorámica impresionante de Estambul, la ciudad más multifacética de la República de Turquía y una de las más encantadoras del mundo.

A principios del siglo XVII, Hezarfen Ahmed Chelebí, un joven historiador otomano, inspirado por sus estudios sobre el vuelo del águila, luego de nueve intentos experimentales diseñó un aparato que era una especie de traje con alas y ciertos mecanismos.

Su intento final tuvo lugar en 1632 y su plataforma de lanzamiento fue la ya citada Torre Gálata de 67 metros de altura en el barrio de Pera, en Estambul, en la orilla europea del Bósforo.

El vuelo fue exitoso, y Hezarfen aterrizó en la orilla asiática del estrecho, en Uskudar, a una distancia de más de 3.500 metros, luego de haber pasado raudamente sobre la Torre de la Doncella, que se halla sobre un pequeño islote sobre las aguas.

El evento fue presenciado por el famoso viajero otomano Evliya Çelebí que lo registró en su Libro de Viajes.

En 1638, el científico inglés John Wilkins en su libro “El Descubrimiento de un Mundo en la Luna”, habla del intento de “un turco que quiso volar sobre Constantinopla”.

El nombre Hezarfen significa “experto en mil ciencias” y de hecho mil monedas de oro fueron dadas por su extraordinaria hazaña a Hezarfen por el sultán otomano Murad IV. Pero luego, por los celos y las habladurías de cortesanos y alfaquíes fue desterrado a Argelia, por entonces provincia otomana, donde falleció a la temprana edad de 31 años. Hoy un aeropuerto de Estambul lleva su nombre en homenaje.

Un hermano de Hezarfen, Lagarí Hasan Çelebí está considerado la primera persona que voló propulsada por un cohete. En 1633, un año después de la experiencia de Hezarfen, Lagarí compuso un artefacto que consistía en un cajón que terminaba en un cono con un depósito que se rellenaba con pólvora. Es decir, un cohete primitivo.

El lanzamiento de Lagarí fue desde el palacio de Topkapi para celebrar el nacimiento de la hija del sultán Murad. El insólito aviador cayó suavemente sobre las aguas del Bósforo después de haber recorrido 300 metros hacia lo alto en 20 segundos.

Lagarí fue recompensado por el sultán con una posición de prestigio dentro del ejército otomano.

Hezarfen fue el segundo y Lagarí el tercero en la lista de pioneros de la aviación. El primero fue el sabio andalusí Abbás Ibn Firnás de Córdoba (15).

De manera, que no fueron los hermanos Montgolfier, o los hermanos Wright, los primeros en volar.

Los tres primeros aviadores de la historia fueron musulmanes. Un récord ignorado sistemáticamente por la historiografía occidental.

El viajero otomano más famoso

Evliya Çelebí (1611-1682) es el viajero otomano más famoso. No se conoce su verdadero nombre. Su padre era un derviche llamado Mehmet Zilli. Su madre fue una mujer abjasia. Había elegido llamarse Evliya por su maestro, perteneciente a la suborden Gulshani, de la orden Jalvati de misticismo islámico. El título honorífico Çelebí era otorgado a los intelectuales y eruditos otomanos.

Tras terminar sus estudios primarios, estudió en una madrasa (escuela teológica) durante siete años. Durante ese tiempo aprendió de su padre (que moriría en 1648 a los 117 años de edad) las artes tradicionales como hat (caligrafía), nakis (decoración de las paredes y del techo con pinturas) y tezhip (dorado de los márgenes de las páginas). En 1635, cuando tenía 24 años, su tío Melek Ahmet Pashá le presentó al sultán Murat IV y éste le otorgó su ingreso al Enderun (escuela del Palacio de Topkapi) donde permaneció cuatro años recibiendo clases de caligrafía, música, gramática árabe y lectura del Corán hasta que fue agregado en 1639 al cuerpo militar de los spahis con un sueldo de 40 akças (monedas de plata).

Su interés por conocer el mundo fue a partir del año 1630 cuando empezó a asistir a las tertulias de los amigos de su padre, pues las narraciones referentes a diversos países despertaban la curiosidad del joven que las escuchaba con extrema atención.

El motivo de sus interminables viajes, según afirma el mismo Evliya en su libro de viajes, fue un sueño: una noche soñó con el Profeta Muhammad (ByP), mientras se encontraba descansando en la mezquita de Alí Çelebí, cerca del muelle de frutos en el Cuerno de Oro (Estambul). Evliya, al encontrarse ante el Profeta sintió tanta emoción que, en lugar de pedirle sefaat (intercesión del Profeta a favor de alguien ante Dios para que perdone sus pecados), se le trabó la lengua y pronunció sehayat (viaje) oh Enviado de Dios. Pero el Profeta, comprendió lo que intentaba decir y le concedió ambas cosas. Así terminó el sueño. Al día siguiente lo primero que hizo Evliya fue contar ese sueño a Abdallah Dede, sheij (maestro) de los Mevlevi (cofradía de los derviches giróvagos, seguidores de Mevlana o Maulana Ÿalaluddín Muhammad Rumi (1207-1273) en Kasimpasha, quien lo interpretó y aconsejó al futuro viajero que describiese primero la ciudad de Estambul. Así empezó la tarea este viajero incansable que duraría hasta su muerte.

Como consecuencia de sus largos viajes nos dejó su Seyahatname, también llamado Tarihi seyyah, en diez libros de incalculable valor histórico y etnográfico (16). El primer libro abarca las descripciones de la sede del Imperio otomano y sus acontecimientos históricos, y es considerado una breve historia de Estambul; su redacción llevó diez años.

A partir de 1640, Evliya viajó por el mar Negro, Crimea (1642), Creta (1645), Azerbaiÿán y Georgia (1646), Siria y Palestina (1648-1650), Bulgaria (1652) y Transilvania (1661). En la primavera de 1663 llegó a Hungría y se integró a la embajada de Kara Mehmet Pashá en Austria, llegando a la esplendorosa ciudad de Viena (la antigua Vindobona, “la ciudad blanca”) el 9 de junio de 1665, «con el ojo avizor de un guerrero de frontera». Durante su estancia allí se recompuso cuatro dientes rotos en 1647 cuando jugaba un partido de cirit (un deporte parecido al juego de cañas de los gauchos argentinos) en Erzurum. En Viena recibió un salvoconducto del emperador Leopoldo I (1640-1705) y recorrió las cercanías.

El 29 de junio partió de la ciudad a orillas del Danubio y retornó a Hungría. El siglo XVII se caracterizó por los enfrentamientos entre otomanos y austríacos que culminó con el infructuoso segundo sitio (el primero había sido entre el 27 de septiembre y el 15 de octubre de 1529) de la capital a orillas del Danubio entre el 17 de julio y el 12 de septiembre 1683 por parte del ejército del visir Kara Mustafá (1634-1683), el cual se dejó sorprender por la columna aliada franco-germana-polaca de socorro al mando de Carlos de Lorena (1643-1690) y Juan III Sobieski (1629-1696).

Sus viajes continuaron por Creta (1668), Grecia y Albania (1670). Finalmente, Evliya Çelebi hizo la peregrinación a La Meca en 1671. Luego pasó a Sudán y Egipto donde vivió cerca de 8 o 9 años. A partir de entonces no es posible tener noticias sobre su vida y sus recorridos, tampoco se sabe dónde y cuándo murió. En su última obra aunque nos habla del visirato de Kara Mustafá Pashá, no da información referente de su expedición militar contra Viena. Como pasa por alto este acontecimiento importante, se puede deducir que vivió hasta el año 1682.

Evliya Çelebi fue sin duda un gran viajero y un gran romántico, a veces fantasioso cuando se refiere a una obvia mítica expedición de cuarenta mil jinetes tátaros a través de Austria, Alemania, y Holanda hacia el Mar del Norte. Evliya en su narración deja correr a veces su imaginación, como por ejemplo cuando se encontraba en Viena afirma haber recibido un salvoconducto del Emperador y haber visto mediante el mismo países como España, Dinamarca, Alemania y Francia, afirmación que sin duda carece de fundamento. Otro defecto de la obra es la inexactitud de las cifras en las que el autor a veces exagera al enumerar las cosas. Lo mismo sucede en las atribuciones históricas en la que nuestro viajero al informar sobre un acontecimiento histórico ocurrido en pasado, comete de vez en cuando algún disparate. Según el especialista turco Nihat Atsiz, esto se debe al conocimiento superficial de Evliya de la historiografía, ya que su formación de siete años en una madrasa no equivalía a una educación universitaria. Sin embargo, su estilo literario es excelente y destacan la minuciosidad y precisión de sus descripciones geográficas, de personas y grupos sociales. Por ejemplo, sobre la Casa Real de Austria opina lo siguiente: «Por la Voluntad de Dios Todopoderoso, todos los emperadores de esta casa son igualmente repulsivos en su aspecto. Y en todas las iglesias y casas, así como en las monedas, el emperador es representado con su feo rostro, y ciertamente, si cualquier artista osara retratarlo con un bello semblante sería ejecutado, pues él considera que así lo desfiguran. Estos emperadores están orgullosos de su fealdad.»

Sin embargo, otros juicios de Evliya Çelebi sobre la sociedad austriaca son altamente favorables e incluso halagadores. Sobre las mujeres vienesas dice que «gracias a la pureza del agua y al buen aire son hermosas, altas, de esbelta figura y rasgos nobles.» También pondera las excelencias de la vasta y bien cuidada biblioteca de la catedral de San Esteban.

Evliya en sus narraciones, a diferencia de otros viajeros y escritores musulmanes, evita cuidadosamente cualquier comparación explícita entre aquello que vio en Austria y lo que él y sus lectores conocen en casa. En las historias magistrales con las cuales entretiene a su público, importantes y detallados señalamientos pueden apreciarse acerca del ejército, el sistema judicial, la agricultura, así como sobre las características topográficas y edilicias de la ciudad capital. Un libro de Evliya llamado Sakaname (libro de bromas) no ha llegado hasta nosotros.

En 2011 se celebró el 400º aniversario de su nacimiento. Entre el 14 y 15 de noviembre de ese año tuvo lugar en el Instituto del Mundo Árabe de París una exposición y coloquio internacional donde se analizaron aspectos de su vida, obra y pensamiento organizado por el Instituto Nacional de Lenguas y Civilizaciones Orientales (INALCO)

La opinión de una dama inglesa

Lady Mary Wortley Montagu nació Mary Pierrepont, la hija mayor de Evelyn Pierrepont, el Conde de Kingston, en 1689. Una niña brillante, Mary aprendió latín antes de los ocho años y se fascinó con la literatura desde muy temprana edad. Cuando tuvo 16, fue presentada al Lord Edward Wortley Montagu (1678-1761) con el que contraería matrimonio en 1713. Su vida de casada fue muy infeliz ya que su esposo era una persona de pocos afectos y nunca supo apreciar la exquisita personalidad de Lady Mary. Ésta no sólo fue una gran poetisa y escritora, sino una intrépida viajera que aprovechó los viajes de su esposo como embajador por países de Europa y África y describir sus travesías en un epistolario que fue publicado póstumamente.

Políglota —hablaba fluidamente griego, latín, alemán, francés e italiano—, hizo una magnífica definición de la función del libro: «Ningún entretenimiento es tan barato como la lectura, ningún placer es tan duradero. Si una mujer puede disfrutar de una obra literaria, no buscará nuevas modas, ni diversiones costosas, ni compañías variadas».

En 1717 llegó a Estambul y escribió estas palabras entre muchos otros apuntes: «Es muy fácil ver que ellas (las mujeres musulmanas turcas) tienen más libertad que nosotras… El sistema judicial inglés es demasiado rígido y a menudo injusto, pero en cambio la Ley otomana es más apropiada y mejor ejecutada que la nuestra…».

Comentando una reunión en la que fue agasajada con regalos, música y manjares, dice: «Me retiré con las mismas ceremonias de antes, y no pude menos que creer que había estado algunas horas en el paraíso de Mahoma, tan sorprendida estaba de lo que había visto». (17)

Lady Montagu introdujo la variolización en las Islas Británicas. Conoció durante su estancia en el Imperio Otomano la inoculación interhumana, usual en dicho sultanato. A su regreso a Inglaterra —décadas antes del descubrimiento de la vacuna antivariólica por el investigador Edward Jenner (1749-1823) — hacía aplicar suero tomado de úlceras de enfermos de viruela en una pequeña incisión cutánea para adquirir inmunidad contra esta afección. En 1722 se vacunó por este método incluso a dos príncipes de la Casa Real.

En 1738, publicó anónimamente The Nonsense of Common Sense (El sin sentido del sentido común) en respuesta a un artículo titulado Common Sense (Sentido común). Sus actividades políticas liberales y antisistema provocaron que la familia de Sir Wortley Montagu decidiera aceptar su exilio voluntario a Francia e Italia donde viviría por veinte años alejada de la mojigatería de la aristocracia inglesa. Le fue permitido volver luego de fallecer su esposo. Por entonces ella se estaba muriendo de un cáncer de pecho.

Lady Mary Wortley Montagu falleció en 1762, a los 73 años de edad. Sus últimas palabras fueron estas: “Todo ha sido muy interesante”. El hijo de Lady Montagu, Edward Wortley Montagu (1713-1776), miembro del Parlamento británico, se convirtió en un curioso viajero del mundo musulmán y estudioso de la lengua árabe y la historia islámica en Leiden, Holanda.

Goltz Pashá, inspirador del pensamiento social de Juan Domingo Perón

Colmar Freiherr von der Goltz (1843-1916) fue un militar prusiano luego integrado al Segundo Imperio Alemán (1871-1918). Después de la derrota en la duodécima Guerra Ruso-Turca (1877-1878), el sultán Abdul Hamid II (1842-1918), gobernante del Imperio Otomano entre 1876-1909, pidió ayuda alemana para la reorganización del ejército otomano. El barón von der Goltz fue enviado a Estambul. Allí pasó doce años en este trabajo, que proporcionó el material para varios de sus libros. Después de algunos años se le dio el título de Pashá (un gran honor para un no-musulmán) y en 1895, justo antes de su regreso a Alemania, fue nombrado Mushir (mariscal de campo). Sus mejoras en el ejército otomano fueron tan significativas que las fuerzas de al Sublime Puerta fueron frenadas a las puertas de Atenas en la Guerra Greco-Turca de 1897 gracias a las amenazas británicas y rusas.

Al mariscal de campo Von der Goltz, estratega al servicio del ejército turco-otomano durante la Primera Guerra Mundial en el Frente Oriental, los militares turcos lo admiraban mucho por su valor e inteligencia y lo llamaban Goltz Pashá.

El 29 de abril de 1916, la fuerza expedicionaria anglo-india de trece mil hombres al mando del general sir Charles Townshend (1861-1924), sitiada desde el 7 de diciembre del año anterior, capitula en Kut-al-Amara (a 160 kilómetros al sur este de Bagdad, hoy Irak), ante el ejército otomano comandado por ‘Goltz Pashá’.

Von der Goltz murió de tifus diez días antes de la rendición británica, el 19 de abril. Sus restos fueron enterrados, de acuerdo a su voluntad, en el consulado alemán en Tarabya, en el distrito de Sariyer, Estambul, frente al Bósforo.

Y algo que tiene mucho que ver con la Argentina es que una parte muy importante del pensamiento del teniente general y tres veces presidente de los argentinos, Juan Domingo Perón (1895-1974), está basado en la filosofía von der Goltz que plantea en su obra “La Nación en Armas” (publicada originalmente en 1887) lo siguiente: “Una nación debe movilizar todos sus recursos, humanos, económicos e ideológicos, para poder imponerse en un enfrentamiento bélico moderno. Si un país quiere evitar que otro Estado lo ataque y lo derrote, debe estar siempre preparado para la guerra. Esta doctrina, marcada por un fuerte nacionalismo, supone la construcción y mantenimiento de un ejército profesional y bien abastecido, pero también que el Estado promulgue leyes sociales”.

Según Von der Goltz “Un obrero explotado no será nunca un buen soldado ni defenderá su patria si no la considera propia… El Estado debe garantizar la educación y salud de los trabajadores, para poder contar luego con soldados sanos y alfabetizados…”

Oponiéndose al liberalismo imperante en su país, propone un Estado soberano económicamente para financiar la guerra. Para conocer los recursos con los que cuenta, el Estado debe realizar censos, para conocer la cantidad y calidad de sus habitantes. Esta doctrina ha ejercido poderosa influencia en el pensamiento militar de su tiempo.

En la Argentina, estas ideas influyeron en el pensamiento del Grupo de Oficiales Unidos (GOU), artífice de la Revolución del 4 de junio de 1943 y que gobernó hasta el 4 de junio de 1946, sentando precedente en materia de políticas sociales y desarrollo de la industria nacional…

Perón aprendió mucho sobre las ideas de Von der Goltz cuando era mayor y profesor de historia militar en la Escuela Superior de Guerra entre 1930-1935. El Círculo Militar de Buenos Aires perteneciente al Ejército Argentino, en la colección denominada Biblioteca del Oficial, publicó “La Nación en Armas” en dos tomos, el I en 1927 y el II en 1930, y Perón la había leído con suma atención. Goltz Pashá nunca hubiese imaginado que su ideario sería llevado a la práctica en una Revolución en Paz que transformó y benefició a la clase trabajadora de una lejana nación sudamericana.

El origen otomano del Galatasaray, campeón del fútbol turco

La Universidad de Galatasaray fue establecida en 1481 por el sultán otomano Beyazit II con el nombre de Galata Sarayi Enderun-u Humayunu (en turco, Escuela Imperial del Palacio Galata).

El 1º de octubre de 1905, unos jóvenes universitarios pertenecientes a la Universidad de Galatasaray crearon un club de fútbol que identificara a la entidad universitaria. En sus inicios, y tras una discusión sobre el nombre del equipo, se decidió que se llamara Galatasaray Spor Kulübü (Club Deportivo Galatasaray).

El Galatasaray compite en la Superliga de Turquía, la máxima categoría del Fútbol en Turquía. Es uno de los clubes más exitosos a nivel nacional, ya que en su palmarés ostenta 19 ligas; 14 copas y 11 supercopas, más que cualquier otro club. A nivel internacional es el único club de su país que ha sido campeón europeo, específicamente el año 2000, cuando ganó la Copa de la UEFA y la Supercopa de Europa.

El Galatasaray juega sus partidos en el Ali Sami Yen Spor Kompleksi – Türk Telekom Arena, recinto deportivo inaugurado el 15 de enero de 2011, y que alberga a 52.652 espectadores. Anteriormente había jugado sus partidos en el antiguo Estadio Ali Sami Yen. Ali Sami Yen (1886-1951), hijo del famoso escritor y filósofo albanés Şemseddin Sami (1850-1904), fue uno de aquellos emprendedores estudiantes que fundaron la institución en 1905.

El Galatasaray mantiene una encarnizada rivalidad con el Fenerbahçe, con quien juega el Clásico del fútbol turco, más conocido como el Clásico Intercontinental. También posee rivalidades con el Beşiktaş, también de la ciudad de Estambul. Además, junto a estos dos clubes son los únicos que jamás descendieron de categoría. Por estas hazañas el Galatasaray recibe el apodo de Aslanlar (Leones) y Avrupa Fatihi (Conquistador de Europa).

Hoy el Galatasaray disputa exitosamente la fase final de la UEFA Champions League 2013 con figuras como el marfileño Didier Drogba (delantero), el holandés Wesley Sneijder (centrocampista) y el italiano Roberto Mancini (director técnico).

El Defensor de Medina

Omar Fajr ud-Din, llamado Fajri Pashá, conocido entre los turcos como Ömer Fahrettin Pashá, fue el gobernador otomano de Medina entre 1916-1919 durante la Primera Guerra Mundial. Nació en 1868 en Rusçuk (hoy Rousse, Bulgaria). Sus padres fueron Mehmet Nahid Bey y Fatma Adile Hanim. En 1885 ingresó en la academia militar en Estambul. En 1914 fue ascendido a general de brigada y se hizo cargo de la cuarta división en Alepo.

A Medina —Madinat an-Nabi, ‘la Ciudad del Profeta’ Muhammad (ByP), donde se encuentra su tumba en la Masÿid al-Nabawi (Mezquita del Profeta)—, llegó en el 23 de mayo de 1916. Las cartas dirigidas a los líderes árabes rebeldes como el Sharif Husain Ibn Ali (1854-1931), las encabezaba siempre así: “En el nombre de Dios, el Omnipotente. A aquel que resquebrajó el poder del Islam, provocó el derramamiento de sangre entre los musulmanes, colocó en peligro el califato del Príncipe de los Creyentes, y lo expuso a la dominación de los británicos”. Su obstinada resistencia en la Segunda Ciudad Sagrada del Islam le otorgó el láqab (apodo) en turco de “Medine Müdafii” o “Defensor de Medina”.

A pesar de establecerse el armisticio y la consecuente paz el 11 de noviembre de 1918, y que el Ministro de Guerra otomano se lo solicitara, Fajri Pashá se negó a rendir su espada y continuó resistiendo el asedio británico-árabe. No se resignaba a rendir la Ciudad del Profeta. En 1916, en el comienzo de las hostilidades, había realizado una súplica en la Mezquita del Profeta que finalizó con estas palabras: “Oh Profeta, nunca te abandonaré. Su resistencia duró hasta el 9 de enero de 1919, dos meses después de terminada la guerra. Ese día fue reducido por sus propios hombres que lo llevaron detenido a Abdallah Ibn Husain, el hijo del Sharif, en Bir Darwish. Fajri Pashá fue prisionero de guerra de los británicos. Primero fue conducido a una prisión en El Cairo y luego confinado en la isla de Malta hasta 1921.

Después de ser liberado, se unió a las fuerzas turcas de bajo el comando de Mustafá Kemal Atatürk y luchó contra los ejércitos griego y francés que ocupaban Anatolia. Después de la Guerra de Independencia turca, fue designado embajador de Turquía en Kabul, Afganistán. En 1936, fue ascendido a general de división. Luego se retiró del ejército.

Fajri Pashá falleció de un ataque al corazón el 22 de noviembre de 1948 cerca de Eskişehir. Está enterrado en el cementerio Aşiyan de Estambul. Junto con otras dotes, fue un destacado fotógrafo.

Sus hijos donaron cerca de 300 de sus negativos al Centro de Investigación de Historia, Arte y Cultura Islámicas (IRCICA) localizado en el Palacio Yildiz, en Besiktas, Estambul. A través de esas fotografías, no sólo se pueden obtener una rápida visión de la vida de Fajri Pashá sino del Mundo Musulmán de la primera mitad del siglo XX: de Çanakkale a Kars, de Medina a Herat, de Malta a Kabul. Entre noviembre y diciembre de 2008 tuvo lugar en el foyer de la sede central del periódico Zaman, en el distrito Bahçelievler de Estambul una exposición fotográfica en su homenaje denominada el “Defensor de Medina” (18).

Notas

(1) Francisco Veiga, El Turco: Diez siglos a las puertas de Europa. Barcelona: Debate, 2011 (3ª ed.), p. 26.

(2) Véase Gloria Rubiol, Turquía, entre occidente y el Islam: Una historia contemporánea. Barcelona: Viena Ediciones, 2004.

(3) Mahmud de Gazni (971-1030), gobernante del Imperio Gaznávida (962-1186) desde 997 hasta su muerte en 1030, siendo el primer turco en tomar el título de sultán. Los Gaznávidas fueron una dinastía turca que reinaron en el Jorasán, Afganistán y Panÿab, con capital en Gazni y luego, casi al final del sultanato, en Lahore (hoy Pakistán). Mahmud de Gazni, un musulmán sunni hanafi, fue un mecenas del arte y convirtió su capital, Gazni (Afganistán), en un centro cultural capaz de rivalizar con Bagdad. Muy tolerante y generoso con los que se sometían a su égida, se anexionó toda la cuenca de los ríos Ganges y Jammu, hasta Kanauj, así como la costa del Índico hasta Gujarat (hoy India). A su servicio estuvieron científicos como al-Biruni (973-1048) y poetas como Firdusi (935-1020). Véase Scott C. Levi y Ron Sela Scott (Editores), Islamic Central Asia: An Anthology of Historical Sources. Bloomington, IN: Indiana University Press, 2009, pp. 83-89.

(4) Taifa es un arabismo, del árabe tá’ifa (plural: tauá’if), partido, bandería como afirma Felipe Maíllo Salgado, Diccionario de historia árabe & islámica. Madrid: Abada Editores, 2013, p. 244. La palabra se hizo famosa por su evocación de los reyes de taifas (muluk at-tauá’if) de la España musulmana que florecieron en el siglo XI, pero también en los siglos XII y XIII. Por ejemplo, la taifa de Granada se convirtió en el sultanato nazarí que tuvo una larga existencia (1238-1492).

(5) La versión más aceptada por los especialistas, señala que los turcos entendieron como el nombre de la ciudad la expresión griega “stin polis” (o “is tin polin”), que significa “(ir) hacia la ciudad”, versión repetida en innumerables artículos y libros. Por la influencia del árabe, la “p” de pólis se convirtió en “b” y por eso Estambul y no Estampul. En inglés, se dice Istanbul.

(7) Henri Stierlin y Anne Stierlin, Turquía: De los selyúcidas a los otomanos. Köln-Londres-Madrid-Nueva York-París-Tokio: Taschen Verlag, 1999, p. 100.

(8) Tomamos la idea de la obra del helenista Fotios Malleros Kasimatis (1914-1986), El Imperio Bizantino, 395-1204. Santiago, de Chile: Centro de Estudios Griegos, Bizantinos y Neohelénicos, 1987, pp. 13-20.

(9) La evolución de la arquitectura otomana puede verse por ejemplo en: Michael Levey, The World of Ottoman Art. London: Thames & Hudson, 1976, pp. 41-94; Sheila S. Blair, y Jonathan M. Bloom, Arte y arquitectura del Islam, 1250 – 1800. Madrid: Cátedra, 1999, pp. 203-225 y 311-338.

(10) Philip Mansel, Constantinople. City of the World’s Desire, 1453-1924. New York: St. Martin’s Press, 1996, p. 1.

(11) Apóstolos E. Vacalópoulos, Historia de Grecia Moderna 1204-1985. Santiago de Chile: Centro de Estudios Griegos, Bizantinos y Neohelénicos, 1995, pp. 92-94.

(12) Sobre millet, puede verse Bernard Lewis, El lenguaje político del Islam. Madrid: Taurus, 1990, pp. 71-73. Véase también Maíllo Salgado:2013, pp. 162-163.

(13) Los fanariotas (en griego: Φαναριώτες) fueron un grupo de familias griegas prominentes que residían en Fanar (el moderno Fener), el principal barrio griego de Constantinopla (Estambul), donde se encuentra situado el Patriarcado Ecuménico. El término griego Fanari (Φανάρι) deriva de la palabra náutica griega, es decir “faro” (literalmente “linterna” o “lámpara” naval). Los fanariotas dominaron la administración del Patriarcado e intervinieron con frecuencia en la elección de prelados, incluso del Patriarca Ecuménico. Se trataba de comerciantes griegos y clérigos de origen bizantino, que habían acumulado una gran prosperidad económica e influencia política. El historiador griego Nikos G. Svoronos (1911-1989) argumenta que los fanariotas subordinaron su identidad nacional a su identidad de clase, ya que su único propósito era conseguir la convivencia entre el conquistador y los conquistados. Svoronos piensa que, de esa manera, los fanariotas no consiguieron enriquecer la identidad nacional griega, y perdieron terreno frente a grupos que evolucionaron gracias a su confrontación con el Imperio otomano, primeramente los kleftes y después los armatoloi. Véase Nikos Svoronos, “La ideología de la organización y de la supervivencia de la Nación”, en Το Ελληνικό Έθνος: Γένεση και ∆ιαμόρφωση του Νέου Ελληνισμού (La Nación Helénica: Origen y configuración del helenismo moderno). Atenas: Pólis, 2004.

(14) G. Postel, De la république des Turcs des Turcs et là où l’occasion s’offrera, des meurs et loy de tous Muhamedistes. Poitiers: Enguilbert de Marnef, 1560.

(15) Abu-l-Qásim Abbás Ibn Firnas Ibn Wardas (Ronda, Málaga 810 – Córdoba 887), precursor de la aeronáutica, era un humanista, científico y químico, nacido en una familia islamizada. Vivió en la época del Emirato de Córdoba en Al-Ándalus (España musulmana). Su nombre fue latinizado posteriormente como Armen Firman. En 875, a los 65 años, Ibn Firnás confeccionó unas alas de madera recubiertas de tela de seda que había adornado con plumas de rapaces. Era un ala delta primitiva, un aerodeslizador inventado en la Córdoba califal. El audaz científico musulmán se lanzó desde una torre desplomándose sobre un valle, y aunque el aterrizaje fue malo (se fracturó las dos piernas), el vuelo fue globalmente un éxito: permaneció en el aire una decena de segundos. Fue observado por una gran multitud de musulmanes cordobeses que él mismo había invitado de antemano. Comprendió después su error: tendría que haber añadido una cola a su artefacto.

(16) Véase An Ottoman Traveller: Selections from the Book of Travels of Evliya Celebi. Traducido por Robert Dankoff y Sooyong Kim. London: Eland Publishing, 2011.

(17) Véase Lady Mary Wortley Montagu, Cartas desde Estambul. Prólogo de Hugh Thomas, prefacio y notas de V. Pallejà, traducción de Celia Filipetto. Barcelona: Casiopea, 1998.

(18) Véase Polly A. Mohs, Military Intelligence and the Arab Revolt: The First Modern Intelligence War. Oxford/New York: Routledge, 2007, pp. 108-144; Francis Edwards Peters, Mecca: A Literary History of the Muslim Holy Land. Princeton, NJ: Princeton University Press, 1994, pp. 374-378.

 

 

El Palacio de Topkapi, la Sublime Puerta de Estambul

En el mundo hay tres perlas incomparables que son la expresión más acabada del pensamiento del Islam transformado en arquitectura. En su extremo oriente, está el mausoleo del Taÿ Mahãl en la ciudad de Agra, India, que guarda las tumbas de Mumtãz Mahãl y su esposo, el emperador Shah Ÿahãn de la dinastía musulmana de los Grandes Mogoles, desde hace más de tres siglos. En su extremo occidental, hallamos más viva que nunca la Alhambra, palacio-fortaleza que fue la residencia de los sultanes de Granada durante 250 años. Y a mitad de camino, como una síntesis y un puente entre Oriente y Occidente, el Palacio de Topkapi en Estambul, residencia de 26 sultanes otomanos.

En 1453, la triple muralla de Constantinopla contenía una de las más magníficas y codiciadas ciudades del mundo que había guardado el Bósforo a lo largo de 2.100 años. Durante los últimos 1.100 años había sido la capital del Imperio Bizantino, corazón del mundo cristiano de Oriente y centro internacional de la riqueza, la belleza, el poder y el comercio. Pero ese año de 1453 marca el fin de la era de Bizancio. Cuando el joven sultán de 21 años y sus tropas entran en Constantinopla el martes 29 de mayo, luego de sitiarla durante dos largos y cruentos meses, quedan pasmados ante las maravillas de la vieja metrópolis. Se había cumplido lo anticipado en los ahadiz del Profeta Muhammad (ByP): «Y un tercio (del ejército musulmán) triunfará y conquistará Constantinopla […] Y cuando muera César (1) no habrá otro César después de él. ¡Por aquel en cuyas manos está mi vida!, que por cierto gastaréis sus tesoros por la causa de Allah» (2)

Mehmêt o Muhammad II, apodado Fatih, “El Conquistador”, a partir de entonces, comprende que el orden de las cosas ha cambiado y que hay que dar inicio a un nuevo mundo, a una nueva civilización islámica.

Mehmêt se lanzó a la aventura de levantar su propia y gran residencia: un palacio como no se había diseñado nunca antes, ni en Oriente ni en Occidente. El Palacio de Topkapi, construido entre 1460 y 1478. Sus sucesores reinaron desde allí a un imperio de ocho millones de kilómetros cuadrados, que contaba cuarenta millones de personas a fines del siglo XVII, entre las cuales los musulmanes apenas eran más numerosos que los cristianos.

El nombre Topkapi quiere decir en turco “Puerta del Cañón”, por una boca de fuego que Mehmet hizo emplazar en la llamada “Punta del Serrallo”, vecina a un rompeolas y embarcadero que hendía las aguas del Bogaz o Bósforo (en turco ‘estrecho’), demolido a fines del siglo XIX. También se lo conoció como la Residencia de la Felicidad, la Residencia del Arrobamiento o simplemente como el Palacio Nuevo (Yeni Saray). La Punta del Serrallo es el extremo más oriental de la Península Balcánica.

Según los libros de historia, el Palacio de Topkapi fue construido sobre un viejo olivar (Zeitinlik) en una de las siete colinas de Estambul, entre 1459 y 1478.

Pero si nos olvidamos del olivar y echamos una mirada a la totalidad del conjunto palaciego, nos daremos cuenta de que el Topkapi se levantó pura y simplemente en el lugar mejor ubicado de la capital otomana: en la colina de la antigua Acrópolis bizantina desde donde se domina el Cuerno de Oro, el Bósforo y el pequeño mar de Mármara. Desde este magnífico mirador el sultán podía ver cuanto ocurría en la ciudad y en las aguas vecinas.

El cronista griego de la época Mijaíl Kritóvulos (3) apunta: «El (Mehmêt II) dio órdenes para la erección de un palacio en el punto que el viejo Bizancio se zambulle en el mar —un palacio que deberá ser más resplandeciente y más maravilloso que los palacios precedentes en aspecto, tamaño, costo, garbo y donaire» (Michael Kritovoulos, History of Mehmed the Conqueror. Charles T. Riggs, Translator. Princeton, NJ: Princeton University Press, 1954, p. 140.).

Mehmêt, —al igual que otros soberanos musulmanes turcos de su época, como Ulug Beg (1394-1449) y Babur (1483-1530)—, fue un jardinero apasionado, y muchas fuentes hablan de sus habilidades en planificar, excavar y plantar sus jardines. A sus requerimientos, raras plantas fueron enviadas a los jardines del palacio desde los más lejanos rincones de sus dominios, para crear un jardín que un visitante alemán del siglo XVI describió como «la más fascinante confusión de los árboles y frutales más exquisitos, y con todas las variedades de flores y hierbas».

El palacio de la “Puerta del Cañón” era originalmente un extenso terreno de unos 700 mil metros cuadrados, y 1400 metros de largo, rodeados por cinco mil metros de enormes murallas con 28 torres de guardia, y consistía en pabellones de verano a orillas del agua —actualmente destruidos en gran medida por el ferrocarril inaugurado en 1883, el famoso Orient Express que comunicaba la otrora capital otomana con París en 81 horas, pasando por Sofía, Belgrado, Budapest y Viena.

Se lo llamó Topkapi Saray. Los extranjeros denominaron al palacio “Il Seraglio”, por la traducción italiana de la palabra persa saray (palacio). Precisamente, la famosa ópera «El rapto del Serrallo» de Mozart se representa hoy en el palacio todos los veranos, durante el Festival Internacional de Estambul. Hagamos entonces una recorrida imaginaria del palacio Topkapi. Les prometemos que será emocionante.

Pero antes que nada un consejo para todo aquel espíritu inquieto que tenga el gran privilegio de arribar a la ciudad de Estambul. La gran mayoría de los turistas, despreocupados y asistemáticos, intentan primeramente contemplar la monumental basílica de Santa Sofía (iglesia-mezquita convertida en museo nacional en 1934) o la Mezquita Azul que se encuentran a escasos metros del palacio. Sugerimos en cambio empezar el periplo en Topkapi. Más tarde ya habrá tiempo para maravillarse con las mil y una fascinaciones que ofrece Estambul y sus alrededores.

En el Palacio de Topkapi nos esperan intimidades y secretos de un imperio, el Otomano, que durante 3 siglos (XV-XVII), si no fue el más vasto, si resultó el más poderoso de la Tierra.

El Palacio Topkapi consiste esencialmente en tres áreas, a saber, el Palacio Externo (Birun), el Palacio Interno (Enderum) y el Harén, divididos a su vez en avlular o patios interconectados. En el palacio vivían y trabajaban más de 15 mil personas; era una auténtica ciudad dentro de otra, llena de albergues para artesanos, jardineros y guardias, cuyas vestiduras eran de colores distintos para su fácil identificación. Además de sus mezquitas y baños, el Topkapi tenía su propio zoológico, donde se cuidaban los leones, elefantes, osos y otros regalos de gobernantes extranjeros. Se extendía hasta el mar de Mármara, incluida la actual estación ferroviaria de Sirkeci y el Parque Gulhané (“Casa de las Rosas”), y aunque se ha reducido considerablemente, el visitante deberá dedicar no menos de dos días para explorar el Topkapi. Lo ideal es visitarlo cuatro o cinco veces seguidas para llevarse una idea cabal de las dimensiones y características del complejo.

Estamos en el barrio del Sultan Ahmed I e iniciamos la marcha a través de la calle que conduce al palacio-museo, la Ordu Caddesi que cambia de nombre y pasa a llamarse Yeniçeriler Caddesi (“Avenida de los Jenízaros”), y finalmente, Divãn Yolu (“Camino del Diván”). Entonces pasaremos muy cerca de dos viejas y elegantes damas, Santa Sofía y la Mezquita Azul, y en un abrir y cerrar de ojos llegamos hasta el acceso.

La entrada y el primer patio

A la derecha de la entrada principal, conocida como Bab-i Humayun, o Puerta Imperial, se encuentra una fuente rococó construida en 1728 para conmemorar el XXV aniversario del sultanato de Ahmed III (1703-1730).

En lo alto del pórtico se halla una inscripción coránica en caligrafía müsenna (espejada) de la Sura Al-Hiÿr: «Los temerosos de Dios estarán entre jardines y fuentes. ¡Entrad en ellos, en paz, seguros.» (15:45-46)

La Puerta Imperial estaba vigilada día y noche por un regimiento de guardias al mando del Kapisi Agá (el Señor de la Puerta). A su izquierda se encuentra Aghia Irini o “Santa Paz” (en griego), la iglesia bizantina más antigua de Estambul, que nunca fue convertida en mezquita. Esta puerta, erigida por Mehmêt II en 1478, conduce al primer patio o patio de armas, que fue el cuartel de los jenízaros, la guardia de élite de los sultanes, que hoy sirve de estacionamiento a los autobuses que traen a los turistas. En este amplio patio central era donde se reunía el cuerpo de jenízaros y se celebraban las ceremonias oficiales antes de partir al frente de batalla.

El Imperio otomano fue el primer estado de Europa en contar con una organización de música militar permanente: la Mehtêr o banda militar, desde 1289. Y en el Topkapi había bandas tocando todos los días durante las paradas militares. Hoy, con suerte, el turista puede llegar a escucharla y admirar sus uniformes multicolores y paso marcial.

La Mehtêr incluía tambores, chirimías (zurnás), clarinetes, triángulos, platillos (zil), crótalos (campana de bola) timbales de guerra (kös y naqqarã) —que se colocaban sobre los lomos de los camellos—, sombrero chino (chogun) y bombo (davul).

El historiador y viajero Evliya Çelebí (1611-1684) nos brinda la descripción de una mehter en 1638: «…quinientos trompeteros produjeron un sonido tal que el planeta Venus comenzó a danzar y los cielos reververaron.». Hoy, para consuelo de los ilustres visitantes, en distintos horarios, una banda mehter del ejército turco con un pelotón vestido a la usanza de los jenízaros desfila con bizarría por los dos primeros patios tocando aires tradicionales.

Luego de atravesar este patio deberemos cruzar el segundo pórtico, conocido como Orta Kapí, “Puerta del Centro” y también como Bab-u-Salãm o “Puerta de las Salutaciones”.

Esta entrada monumental flanqueada por dos torres octogonales de techo cónico, nos introduce al recinto propiamente dicho del palacio de Topkapi. Previamente, debemos comprar nuestro ticket, que cuesta 25 liras turcas (siete euros) en las boleterías habilitadas sobre la derecha.

El Palacio de Topkapi está abierto desde las 9.30 hasta las 19.00 durante julio y agosto, y hasta las 17.00 horas el resto del año; cerrado los martes. Debemos comprar también una entrada independiente de dos euros para la visita al Harén. El verano es la estación menos recomendable para visitar el Topkapi; hay tanta gente y los grupos de turistas son tan numerosos, especialmente los japoneses y alemanes, que en ocasiones, los viajeros que van por cuenta propia tienen la mala suerte de que los grupos han reservado con antelación todas las visitas. En cambio, para nosotros los argentinos y sudamericanos, que tenemos las vacaciones en enero y febrero, se abre la oportunidad de descubrir un Topkapi desconocido, cubierto a veces de nieve y casi vacío durante la semana.

Debemos pensar que el Topkapi es de hecho cualquier cosa menos lo que conocemos como un palacio. Se trata de una serie de pabellones, cocinas, cuarteles, salas, dormitorios y accesos, construidos alrededor de un recinto central que se parece a un campo fortificado. Parecerá una frase hecha, pero es muy acertado decir que el Topkapi es más que nada una ciudad dentro de otra ciudad. Antes de ingresar, veremos cerca de la puerta la Cellat Çesmeni, la “Fuente del Verdugo”, donde los ejecutores y sus ayudantes lavaban sus manos y armas una vez cumplida su macabra tarea por orden del sultán. Las cabezas de los encumbrados personajes que se cortaban allí eran expuestas sobre las “Piedras del Ejemplo” que fueron destruidas en 1839.

El segundo patio

Tras la Orta Kapí, se abre un vasto espacio de 130 por 110 metros: el segundo patio o plaza del Divãn. Recibe su nombre del Consejo Imperial (Diván) que —hasta el siglo XVIII— se reunía en uno de los edificios de la izquierda para tratar cuestiones de Estado bajo la presidencia del Gran Visir —el primer ministro—, en turco Vezir-i Azam. El consejo se reunía cuatro veces a la semana bajo la Torre de la Justicia.

Esta construcción fue destruida por un incendio en 1665 y reconstruida con tres cúpulas durante el reinado de Ahmed III: por este motivo se llama Qubbealti, que significa “bajo la cúpula”.

El complejo está rematado por una torre, conocida como la Buyuk Kulé, Torre Grande o Torre del Diván, que es el edificio más alto del palacio y visible desde gran distancia. La torre fue construida durante el reinado del sultán Mahmud II (1808-1839) y tiene una influencia del estilo Imperio de la época de Napoleón Bonaparte.

En la zona oeste del segundo patio aún se conserva un largo pórtico en cuyo extremo sur se encuentra la Meyyit Kapisi, la “Puerta de la Muerte”. Por ella salían del palacio los cortejos fúnebres camino del cementerio. Conduce igualmente a las caballerizas imperiales, donde en la actualidad se exponen las monturas de los sultanes.

La zona derecha del segundo patio está ocupada por las cocinas y las viviendas del personal. Las cocinas comprenden diez espaciosas salas alineadas a lo largo del muro este. Allí se exponen sólo un 10% de las 100 mil piezas del museo: la vajilla de verdeceledón, que a partir de 1495 era de uso exclusivo del sultán por su reacción química al veneno, portentos de la porcelana china y japonesa, y una gran cantidad de útiles de cocina, principalmente de calderos o kazãns.

Las chimeneas son del prolífico Mimãr Sinán (ca. 1489/1490 –1588), el gran arquitecto otomano del siglo XVI, que reconstruyó este patio tras el incendio de 1574. Aquí trabajaban 1.500 personas, cocineros, especialistas apreciadísimos y servidores. Inmediatamente después de la oración del alba (salatul faÿr), se encendían los fogones de los ocho departamentos de las cocinas palaciegas para preparar la ración diaria para 15 mil personas. En el segundo patio se realizaban espectáculos de destreza para entretener al sultán y su corte. Los más famosos eran los de la lucha turca entre combatientes (pehlivãn) untados en aceite. Hoy día, estas competiciones, Yagli Gureš o combates entre los embadurnados en aceite, se celebran por todo el país durante el verano, pero el torneo más prestigioso de todos tiene lugar la segunda semana de julio en Kirkipinar, en una isla del río Tuncã, cerca de Edirné (Tarihi Kirkipinar Yagli Gureš Festivali). Enormes luchadores untados en aceite de oliva y ataviados tan sólo con unas calzonas de cuero participan en combates agotadores de estilo libre que pueden llegar a durar uno o dos días. Se dice que este deporte fue inventado por un sultán para mantener en forma a sus tropas.

Al fondo del segundo patio está la Bab-us-Saadet o “Puerta de la Felicidad”. Esta puerta era la entrada a la residencia privada del sultán. Su majestuosa presencia simboliza la soberanía del imperio y del sultán otomano.

El tercer patio

La Bab-us-Saadet permite el acceso al tercer patio, donde nos encontramos en primer lugar con la Arz Odasi o “Sala de las Peticiones” y Audiencias, donde el gran visir estudiaba los casos antes de presentárselos al sultán para su aprobación o rechazo, y donde también el sultán recibía a las embajadas extranjeras y los visitantes extraordinarios, así como las reclamaciones y petitorios del pueblo.

Al abandonar la Arz Odasi descubriremos a la derecha las alas que habían sido los Baños (Hamãmi) del personal del tercer patio. Hoy contienen una colección fascinante de prendas imperiales, caftanes y uniformes brocados en oro y plata. Quedarán sorprendidos por el diseño oriental, casi chino, de estas ropas. Los turcos procedían de los Monte Altai, y la historia de su cultura está íntimamente ligada a la del Imperio Persa y a la de Asia Central. En realidad, existen tribus en Sinkiang, la provincia más occidental de China, que hablan aún un dialecto del turco y son musulmanas.

En la Escuela de los Pajes se formaba a los futuros cuadros civiles, religiosos y militares del Imperio Otomano. Los pajes admitidos en esta escuela tenían entre 12 y 18 años. La mayor parte eran jóvenes cristianos apartados de su familia en el momento de la leva anual, el devshirmé.

El Tesoro Imperial, sobre el flanco derecho, contiene riquezas fabulosas. Entre ellas podemos hallar el diamante Kasikçi Elmasi, conocido como “el Diamante del Fabricante de Cucharas”. Con su forma de pera, el diamante pesa ochenta y seis kilates, está engarzado con cuarenta y nueve brillantes en oro que lo rodean en doble fila, y tanto su tamaño como su tallado es un delirio para la vista. Sin embargo, el premio a la mayor piedra preciosa se lo lleva una esmeralda sin tallar que pesa 3,26 kg. Contiguo al tesoro está el Hayat Balkonu o “Balcón de la Vida”. En este lugar corre una fresca brisa, y la vista sobre el Bósforo y el mar de Mármara es maravillosa.

Quinientos ochenta artesanos trabajaban en la época clásica del imperio otomano (1500-1750) en el Topkapi, entre ellos 60 orfebres. Las obras maestras de la orfebrería fueron creadas para exhibir el poder de los sultanes. Son reliquias de una sociedad musulmana que entendía el servicio para el soberano como el deber frente al Islam. Junto a la Sala del Tesoro está instalada otra cuyas paredes están cubiertas con los retratos de los sultanes que parecen vigilar atentamente las riquezas que acumularon controlando el tiempo en los numerosos relojes que coleccionaron.

En esta sala también se encuentra el mapa elaborado por el cartógrafo, corsario y gran almirante Piri Reis (1465-1554.) —en turco “Jefe Admirable”— del siglo XVI, el cual trabajó en este proyecto a lo largo de años, elaborando de una manera asombrosa el perfil del cono sur del continente americano ilustrado con los mitos de la época, especialmente con unicornios.

En el centro del tercer patio, contigua a la Sala de Audiencias, está la biblioteca de Ahmed III. Es un bellísimo edificio construido enteramente en mármol blanco en 1719 rodeado de naranjos y cipreses al que se sube por una doble escalinata. La biblioteca fue levantada sobre un elevado basamento para aislarla de la humedad tan frecuente que genera el Bósforo. Guarda más de cuatro mil manuscritos, mayoritariamente islámicos y únicos en su género.

Uno de los manuscritos más importantes que se conservan en esta biblioteca es el denominado Humer Namêh de 1584 en el que se ve representado el mismo palacio de Topkapi con la iglesia de Santa Irene de Constantinopla en el fondo o al mismo Solimán el Magnífico en la batalla de Mohács (29 de agosto de 1526). La biblioteca conserva numerosas miniaturas persas y otomanas. Es digna de resaltar la miniatura del sultán Selim II sujetando un arco en el que aparece de fondo adornado con plumas un alto dignatario o la del jinete turco que mientras cabalga tensa, de una forma muy curiosa, un arco. Para finalizar, mención especial merece también la miniatura que representa el ejército turco invadiendo Persia. La biblioteca también conserva una miniatura que narra la historia de Abd al-Muttalib, el abuelo del Profeta (ByP), que murmuró a las orejas de un elefante el nombre de Dios y el animal se arrodilló en señal de respeto. Otra de las tradiciones islámicas narradas en las miniaturas de la biblioteca es la que hace referencia a la derrota que sufrió el ejército yemenita del rey Abraha que, dispuesto a atacar Meca en el año 570, fue puesto en fuga por una gran bandada de pájaros que los bombardearon con piedras de arcilla (Sura 105 del Sagrado Corán).

Otra de las curiosidades que pueden ser contempladas es el Corpus bibliográfico que Teodosio II el Pequeño (401-450) quiso realizar. Este emperador bizantino pretendió componer una obra que englobara todos los conocimientos, es decir, un libro universal concentrado en un solo corpus. No se llevó a cabo en su totalidad, pero de la parte que se hizo quedaron unos cincuenta y tres volúmenes que pueden ser considerados la primera enciclopedia de la historia.

Adosada a un lado de la Biblioteca hay una fuente de mármol decorada con volutas y tres nichos. El nicho del centro tiene forma de mihrab con estalactitas o mocárabes (muqarnas) —como los nichos u hornacinas direccionales de las mezquitas que señalan la orientación a La Meca—.

El gran edificio situado a la izquierda del tercer patio es la Agalar Camii, o “Mezquita Comunitaria de los Agalar” (Señores), frecuentada por los pajes, los estudiantes, sus maestros y los eunucos blancos. En segundo lugar, sobre ese mismo flanco, encontramos la Hirka-i-Saadet Dairesi o “Residencia del Manto de la Felicidad”, con las reliquias del Profeta Muhammad. Selim I, llamado Yavuz (“el Severo”), las trajo de El Cairo, tras apoderarse de la capital del imperio de los mamelucos, en 1517.

Este recinto contiene una de las salas más emblemáticas del mundo musulmán. Es la conocida con el nombre de “Sala de las Santas Reliquias”. En ella se encuentran objetos personales, armas y reliquias tanto del Profeta Muhammad como de los personajes más significativos de la historia del Islam. Dichos objetos venerados por cuatro imames que se relevan constantemente en la lectura del Sagrado Corán las 24 horas al día, pasaron de los Omeyas a los Abbasíes y de los Mamelucos a los Otomanos. Para la mayoría de los visitantes, aquí están los verdaderos tesoros del Topkapi.

Muchas de las reliquias son auténticas, aunque a otras se les cuestiona su originalidad. Entre todas ellas cabe destacar:

*El manto del Profeta (ByP), que se halla guardado en un cofre de oro que a su vez guarda otro más pequeño, también de oro, encontrándose el manto en el interior del segundo y reposando sobre terciopelo negro.

*Las armas del Profeta: los arcos, la espada y especialmente el escudo.

*La denominada “Letra del Profeta”, que fue descubierta en 1850 por una expedición francesa y donada posteriormente al palacio. En realidad se trata de unas doce líneas, la mayoría de ellas ilegibles.

*Los dientes del Profeta, conservados en un pequeño cofrecillo de oro con diamantes.

*La barba del Profeta. Consiste en algunos mechones de pelo procedentes de la barba del Profeta y unidos por un fino broche de oro.

*La huella del Profeta, es sin duda una de las cosas más espectaculares debido a su gran tamaño y también la más discutida de las reliquias.

*El Estandarte Sagrado, una bandera negra que se conserva en un cofre, utilizada al parecer por el Profeta en las primeras batallas que libró el Islam.

En la sala también se pueden ver una serie de armas, especialmente espadas, pertenecientes a los primeros cuatro califas, entre ellas la de los califas Abu Bakr, Omar Bin Al Jattab, Osmán y Alí, junto con la del Profeta David.

El cuarto patio

El cuarto y último de los patios, llamado Patio Imperial (Sofa-i Humayun) y también Lalêh Hané o “Jardín de los Tulipanes”, consta de varios niveles y está salpicado de pabellones. En el nivel más elevado, en la esquina suroeste, un tramo de escalones conduce al “Pórtico de las Columnas”, en forma de L, construido en la prolongación de la “Residencia del Manto de la Felicidad”. En el eje de este ángulo hay un pilón de mármol.

A un lado se encuentra el Revãn Köşkü, un kiosko construido por el arquitecto Koca Kasim Agâ (1570-1659) para Murad IV quien quiso conmemorar con él la toma de Reván en 1636, la actual capital de Armenia, Ereván. El pabellón, en forma de cruz, está completamente cubierta de azulejos de Iznik en el interior, y de mármol en el exterior. Al otro lado del pilón se encuentra la Sunnet Odasi o “Sala de la Circuncisión”, construida por el sultán Ibrahim en 1642 para celebrar los ritos de circuncisión de su primer hijo, el futuro Mehmêt IV.

Igualmente el Kiosco o Pabellón de Bagdad (Bagdad Köşkü) fue edificado por el arquitecto Hasan Agá también por orden de Murad IV para conmemorar la toma de esa ciudad en 1638. Su tejado, obra maestra del género, está sostenido por una arcada de columnas de mármol repartidas en una planta cruciforme. Las columnas están coronadas por capiteles en forma de flor loto y las dovelas de los arcos están formadas por una alternancia de claves. El Kiosko de Bagdad fue completado el 8 de febrero de 1640.

El Kiosco del Sofá (Sofá Köşkü) es un hermoso pabellón situado en el centro del jardín del cuarto patio. Fue construido a comienzos del siglo XVIII por Ahmed III y le servía probablemente de tribuna privada durante el famoso Festival de los Tulipanes que celebraba en sus jardines. En 1752, el edificio fue remodelado por Mahmud I, quien le confirió un estilo rococó.

El Kiosco de Abdul Maÿid (Maÿidiye Köşkü) es el edificio más reciente del Topkapi. Lo construyó el arquitecto armenio Sarkís Balyán (4) hacia 1859. Este kiosko es el sitio ideal para terminar el recorrido interior del palacio, con vistas al Bósforo y al mar de Mármara, pues hoy está convertido en un restaurante especializado en la cocina tradicional turca. Es un excelente lugar para tomarse un respiro y saborear un buen café a la turca, aunque suele estar siempre abarrotado.

El Harén

Hemos reservado para el final la presentación del mítico Harén o Harén Imperial (Haram-i Humayun), seguramente la parte más evocadora del complejo Topkapi. Al mismo se accede por la Arabã Kapisi o “Puerta de los Carrozas” localizada en el segundo patio. Una inscripción situada bajo la puerta indica la fecha de su construcción, 1588, pero fue casi enteramente reconstruido tras el incendio de 1665. Un vestíbulo conduce a la sala de guardias, recubierta de azulejos. Aquí es donde estaban los eunucos negros que impedían a los intrusos el acceso al Altín Yolu o “Camino del Oro”, un pasillo pavimentado con mosaicos que bordea el flanco este del harén. Allí 400 mujeres soñaban con convertirse en haseki o favorita, primero, y luego, si concebían un varón, en kadín o esposa legítima con derecho a habitación propia. Las concubinas eran llamadas odaliks, de donde proviene el término “odaliscas”.

La validé o madre del sultán reinante concentraba el poder del harén, y su influencia se extendía a la vida cultural del Imperio, e incluso a la política.

Pero el harén otomano no era un lugar estridente de sexo desenfrenado como se imaginan muchos. La validé sultán, o madre del sultán, era la reina del recinto, a quien seguían las esposas legales del sultán (según la ley islámica podía tener hasta cuatro), que le habían dado hijos, y después, según la ley del más fuerte, seguían las supervisoras, nodrizas, favoritas y sirvientas.

Aunque sólo 30 de las 300 habitaciones del harén están abiertas al público, se percibe la sensación de claustro en que allí se vivía. Pero todos los años nuevas salas son abiertas a los ilustres visitantes llegados desde los rincones más dispares del globo.

Las Habitaciones de los Eunucos es un edificio recubierto de azulejos, situado detrás del porche. Era el dormitorio común de los eunucos negros. Se construyó en 1668-1669. Un pasillo conduce hacia el patio central del dormitorio común, que consta de cuarenta celdillas repartidas en tres pisos, donde vivían hasta seiscientos eunucos. Los más ancianos de ellos estaban encargados del servicio interior a las órdenes de su jefe, cuyo título, Kizlar Agasi, significa “Señor de las Mujeres”. Su vivienda se encontraba en el edificio situado justo al final de la arcada, lugar de paso obligado  hacia la entrada principal del harén.

La Ocakli Oda o “Habitación de la Chimenea” es un espacio cubierto de azulejos, construido alrededor de una impresionante chimenea de bronce. La puerta de la derecha conduce a las kadin —las cuatro esposas legítimas del sultán—; la de la izquierda, a una habitación más pequeña, la Çesmeli Oda (“Habitación de la Fuente”), cuya fuente data de 1665.

La sala más espectacular es la Hunkar Odasi o “Cámara Imperial”. Está dividida por un gran arco en dos partes desiguales; la parte más grande está cubierta por una cúpula y la más pequeña, ligeramente elevada, servía de tribuna a los músicos del palacio. Esta magnífica sala, muy probablemente obra de Sinán, debió construirse bajo el reinado de Murad III. En la esquina nordeste de la Hunkar Odasi hay una puerta que da a la habitación de la Chimenea, por la que se pasa para entrar en un apequeña y suntuosa antecámara, también obra de Sinán.

El Salón de Murad III es una habitación más pequeña que la Hunkar Odasi pero no menos magnífica. Las paredes están cubiertas de azulejos de Iznik; los paneles que rodean la chimenea de bronce representan ciruelos en flor y son de una notable calidad artística, como lo frisos caligrafiados que decoran la estancia. Frente a la chimenea hay una hermosa fuente de mármol policromo con tres pisos de cascadas. El ruido del agua tenía la doble función de impedir escuchar las conversaciones del sultán a los curiosos y de relajar tensiones y estimular la meditación. La belleza de la decoración y la perfección de las formas ponen de manifiesto que el artífice de esta obra no es otro que Sinán. La Vivienda de la Sultana Madre está compuesta de un sala de recepción, un patio interior una sala de estar, una sala de oración y una pequeña suite en piso superior.

Las Habitaciones de los Príncipes están decoradas con azulejos que son lo mejor de la producción de Iznik y datan de finales del siglo XVI o principios del siglo XVII. Hasta hace relativamente poco tiempo se creía que estas habitaciones correspondían a los infames kafes, celdillas donde se mantenían encerrados a los hermanos menores para impedir que intrigasen para acceder al trono. Hoy se sabe que esas «jaulas» son unas pequeñas estancias sombrías a las que se accede por un corredor hoy llamado —por razones desconocidas— “lugar de deliberación de los Genios (ÿinn)”.

Una de las habitaciones más peculiares es la Veliat Dairesí o “Jaula Dorada”, donde el príncipe heredero debía vivir en espera de tomar el poder. En la época clásica (siglos XV y XVI), el delfín era enviado a las provincias con gobernadores leales para que adquiriera el sentido de estadista y el don de mando, pero en los últimos tiempos del Imperio se abandonó esa práctica saludable, y los futuros líderes se entregaban a los placeres e intrigas del harén.

La Gozdeler Tasliguí o Terraza de las Favoritas es un vasto patio que sobresale sobre los jardines inferiores del Harén que contiene, al este, un edificio alargado de dos pisos: el dormitorio de las favoritas. La habitación de la planta baja estaba reservada al sultán.

Un lugar exquisito dentro del Harén es la Yemiš Odasi o Sala de las Frutas (así llamada por los motivos que la decoran), que era el comedor de Ahmed III. El comedor tiene su origen en la llamada “Era de los Tulipanes” (Lalêh Devrí), cuando el tulipán (del persa: lalêh) no sólo se convirtió en la flor de moda (la predilecta de Ahmed III), sino que en su esplendor sensual llegó a ser el símbolo de toda una época de progreso y apertura.

Ahmed III, un refinado y sagaz monarca, prudente admirador del arte occidental, supo combinar en la decoración de este cuarto la gracia del rococó europeo con la sobriedad islámica.

El Harén se comunicaba con el tercer patio a través de la Kushané Kapisi o “Puerta de la Pajarera”.

Los museos extramuros

La última parte del complejo Topkapi se encuentra fuera de los muros internos, y consta de tres museos. El de Arqueología, el del Antiguo Oriente y el Çinilí Köşkü o “Pabellón de Azulejos”, el más interesante de los tres con diferencia, que se jacta de exhibir exquisitos ejemplos de azulejos turcos como aquellos provenientes de Iznik.

El Museo Arqueológico fue fundado en 1881 por Osman Hamdi Bey (1842-1910), el primer arqueólogo turco de renombre internacional. La obra clave de este museo es el sarcófago de Alejandro, uno de los monumentos funerarios hallado en 1897 por Osman Hamdi Bey en la necrópolis de la antigua Sidón, en el Líbano. Durante mucho tiempo se creyó que se trataba de la propia tumba del emperador macedonio. Pero el sarcófago, que data del siglo IV. a. C., ha sido identificado como el de un soberano de la dinastía de los Selÿukíes o Selyúcidas.

En el primer piso se ofrece una visión de Estambul a lo largo de los siglos, con vitrinas dedicadas a las épocas prehistórica, helenística, romana, bizantina, latina y otomana. El segundo piso está dedicado a Anatolia y a Troya a través de los tiempos. En el tercer piso están presentes las culturas vecinas de Anatolia: chipriota, siria y palestina. Al Museo del Antiguo Oriente se ingresa por una puerta custodiada por dos grandes leones hititas. Aquí encontraremos una importante colección de antigüedades traídas de Anatolia y las provincias medio-orientales del Imperio Otomano. Reúne objetos egipcios, sumerios, acadios, babilónicos, hititas (las tablillas de arcilla del primer tratado de paz firmado entre los hititas y los egipcios, el tratado de Kadesh), hurritas, asirios, así como piezas únicas árabes y nabateas del período preislámico.

Su visita nos permite contemplar toda la herencia artística y arqueológica de la que se beneficiaron los otomanos al conquistar el Imperio Bizantino y el Oriente Próximo.

El Çinilí Köşkü es uno de los edificios más originales del Topkapi y una obra de arte sin igual de la arquitectura otomana, donde la influencia persa se advierte especialmente en los volúmenes y en la decoración. La facha está adornada con una notable caligrafía azul y blanca y con azulejos de color turquesa, semejantes a los que adornan la célebre mezquita de Bursa. Se construyó en 1472 por orden de Mehmêt Fatih, que lo convirtió en su pabellón de caza. Desde allí miraba —como muestran las miniaturas de la época— a sus pajes jugar al cirit, un juego parecido al polo. Entre 1874 y 1891 sirvió de almacén para las antigüedades que posteriormente pasaron al Museo arqueológico. Fue restaurado en los años cincuenta y se convirtió en el Museo de Azulejos turcos.

La excepcional colección comprende azulejos de Iznik y de Çanakkalê, un mihrãb de la mezquita de Ibrahim Bey de la época preclásica, y una hermosa fuente de abluciones característica del estilo barroco del siglo XIX otomano.

La concepción islámica del palacio de Topkapi

Topkapi no es Versalles, ni El Escorial, ni Hampton Court ni Sans Souci. El rango y la calidad de las construcciones de las residencias del sultán aumenta del primero al tercer patio. De todas formas, la edificación en su totalidad parece carecer de sistema. Las construcciones parecen ser productos casuales, como la conformación que presenta la Alhambra de Granada o la típica ciudad musulmana medieval. Esto tiene sobre todo motivos religiosos. Si la vida terrenal es pasajera, también lo son sus viviendas. No deben estar hechas para la eternidad. Por eso el paisaje de los techos del Harén del núcleo del Palacio de Topkapi se parecen más bien a una ciudad de tiendas de campaña de los nómadas turcomanos.

El arquitecto suizo Henri Stierlin (Alejandría 1928) detalla con precisión este concepto: «El palacio de Topkapi, emplazado en ese promontorio admirable que penetra en el mar entre el Cuerno de Oro y el Bósforo, donde se elevaron dos mil años antes los templos de una ciudad griega llamada Bizancio, representa el modelo palatino otomano… En realidad, siempre subsistió entre los turcos una nostalgia por el campamento de las tribus nómadas. Como prueba basta con examinar la planta, tan poco coherente como heterogénea, del palacio de Topkapi. El conjunto, con una superficie aproximada de 450 m por 200 m (9 ha) y rodeado de muros presenta tres zonas diferenciadas: tras la primera puerta, una gran explanada libre forma el primer patio (Stierlin enumera los patios a partir de la Orta Kapí o Puerta central)… Este espacio se encuentra rodeado en su lado sureste por construcciones de intendencia: cocinas, pastelería, etc. Según la biografía de Sinán, el arquitecto concibió algunas de estas obras con mero carácter funcional. Frente a esta hilera de construcciones, se levantan edificios de fábrica precedidos de pórticos. Se trata de la sala del Consejo, las viviendas y el harem, que forman un enmarañamiento de edificaciones que parecen haberse ido añadiendo. A continuación, se atraviesa la segunda puerta, por la que se accede a un segundo atrio. El visitante llega entonces a la sala de Audiencias, edificio relativamente pequeño (debía destinarse a las audiencias privadas del sultán), rodeado de un pórtico y que ha sido objeto de múltiples restauraciones desde finales del siglo XV y que acoge al trono con baldaquino. Al norte, un tanto descentrada, se halla la biblioteca, construida en 1718, durante el reinado de Ahmed III, que deja entrever una clara influencia occidental. A la derecha, el hammam y a la izquierda la pequeña mezquita, totalmente desviada del eje en comparación con los otros edificios, ofrecen un alegre desorden. Tras un pórtico que cierra el acceso al tercer patio, se llega, por último, a la parte más característica del palacio: la que incluye, como dispersos en el verdor, una serie de quioscos o pabellones abiertos a los cuatro vientos, agazapados entre la vegetación o situados como miradores para disfrutar de la vista… Estos pabellones, con sus ligeras estructuras de maderas, su techumbre baja y sus vidrieras que cubren las paredes de arriba abajo, poseen un «modernismo» tan real que recuerda a la arquitectura de Frank Lloyd Wright. Nada aquí indica  la majestad ni el lujo del monarca. Este arte de la decoración, de la elegancia sin fastos, de la construcción ligera, sin monumentalidades (sin pesadez) se encuentra en las antípodas de la pompa y solemnidad ostentosas que ofrecen los palacios de los monarcas occidentales del momento. ¡Hasta las cabañas de María Antonieta resultan fastuosas comparadas con la corte otomana! En este arte de lo efímero se percibe casi una reminiscencia lejana de las tiendas de los jefes de tribus que, cinco o siete siglos antes, habían dejado el bosque siberiano para establecerse en Anatolia. Existe un contraste considerable entre estos caserones de un palacio con tantas riquezas, aunque emplazadas en salas de dimensiones limitadas, y el grandioso despliegue de fasto en los edificios de oración y edificios píos: para los sultanes otomanos, la ostentación se centraba más en el acondicionamiento de las fundaciones benéficas que en las instalaciones en las que habitaba la realeza. Apenas existen diferencias entre los quioscos del sultán en Topkapi y las viviendas de los habitantes de Estambul pudientes que crearon, en la orilla del Bósforo o del mar de Mármara, sus pabellones y yalis, esas casas de maderas con salones escondidos en el verdor o dominando el mar. En ambos casos, la ausencia de pompa resulta sorprendente. La construcción de palacios como los de Dolmabahçe no llegará hasta mediados del siglo XIX, cuando la moda sea el estilo occidental.» (Henri Stierlin y Anne Stierlin, Turquía: De los selyúcidas a los otomanos. Köln-Londres-Madrid-Nueva York-París-Tokio: Taschen, 1999, pp. 186-189).

Anécdotas sobre el palacio de Topkapi

  • Bab-i Alí (“Sublime Puerta”, es decir, la más elevada), fue al principio la denominación que recibió el palacio imperial de Topkapi. Sirve como abreviatura taquigráfica para designar el Sultanato Turco Otomano (del mismo modo que se usa Casa Blanca para referirse a la presidencia norteamericana).
  • El Topkapi fue uno de los símbolos de la unión inseparable entre religión y política que forma parte del carácter del Islam. El sultán otomano era como el califa omeya o abbasí, el guía espiritual de la comunidad musulmana y el Custodio de los Dos Santuarios de La Meca y Medina.
  • En el centro de la balaustrada de la Sala de la Circuncisión hay un balconcillo encantador cubierto por un baldaquín de bronce dorado y sostenido por cuatro pilares de bronce. Una inscripción menciona la fecha de su construcción, 1640 (primer año del reinado de Ibrahim I) y la palabra iftariye, que alude al desayuno que los musulmanes toman tras la puesta del sol durante todo el mes del Ayuno Sagrado de Ramadán. El sultán tenía en efecto la costumbre de tomar su iftar en este balcón, tal y como atestiguan diversas miniaturas del museo.
  • En 1729 el sultán Ahmed III celebró la circuncisión de sus cuatro hijos durante quince días y quince noches. Espectáculos de todo tipo se sucedieron sin interrupción en las adyacencias del palacio: ante el sultán y sus invitados actuaron magos, acróbatas, funambulistas, músicos y bailarines.
  • La custodia y protección del palacio de Topkapi estaba a cargo de los jenízaros, los yeni çeri o “nuevas levas”. Era el cuerpo de élite de la guardia personal del sultán. Formaron el primer ejército profesional de su época y tuvieron una importancia enorme para el imperio pues con el tiempo llegaron a tener un poder desmesurado como los Pretorianos de Roma, los Strélitz de Pedro el Grande o los Mamelucos de Egipto —formando un estado aparte dentro del mismo—, y contribuyendo de hecho a la decadencia irreversible del mismo. La astucia se revelaba plenamente en la formación de este cuerpo militar, pues los jenízaros nunca eran turcos de origen. Eran seleccionados de niños a través de una leva forzosa entre familias cristianas armenias, eslavas, húngaras, búlgaras, o italianas y hasta francesas. Una vez arrancados de su medio, se les islamizaba, se los circuncidaba y se les impartía una impecable educación turca. Los más brillantes podían servir en palacio y aspirar a los más altos cargos, incluso al de Visir.
  • Entre los distintos regimientos de jenízaros estaba el de los bostancis o jardineros del palacio que además de ocuparse del cuidado y mantenimiento de plantas y flores, patrullaban celosamente los jardines y patios.
  • El flamenco Ghiselin de Busbecq (1522-1592), embajador del emperador Fernando I de Habsburgo (1503-1564) en la Sublime Puerta descubrió que los “inexplicables turcos” recogían del suelo del Topkapi los pedazos de papel viejo y los ponían en los huecos de las paredes o en los arbustos por si algún fragmento tenía escrito el nombre de Dios; y lo mismo hacían con los pétalos caídos de las rosas porque, creían que eran lágrimas del Profeta.
  • Famosísimos pintores europeos se trasladaron a Estambul y visitaron el Topkapi dejando su impronta en obras inolvidables. Uno fue el veneciano Gentile Bellini (1429-1507), pintor oficial de la República de Venecia (1474), que vivió en Estambul (1479-80) y se convirtió en el favorito del sultán Mehmêt Fatih, de quien hizo un célebre retrato. Allí Bellini adoptó para siempre la moda otomana en el vestir. Otro fue el pintor pastelista, dibujante y grabador suizo Jean Etienne Liotard (1702-1789), adopta para su uso cotidiano ropas musulmanas luego de sus viajes a Atenas y Estambul (1738-1743). Entre sus obras figura aquella que muestra a la princesa María Adelaida de Francia vestida a la turca, que se conserva en la Galería de los Ufizzi de Florencia. Es célebre su «Autorretrato» que lo muestra luciendo una espesa barba y atavíos otomanos.
  • El soberano persa Nadir Shãh (1688-1747) regaló al sultán Mahmud I en 1746 un trono tachonado de perlas que trajo como botín de guerra luego de saquear la Delhi de los Pequeños Mogoles en 1739. Éste quiso agradecérselo con una magnífica daga en cuya empuñadura brillan tres esmeraldas gigantescas de 3 x 4 cm: a su alrededor y en el resto de la vaina brillan 49 brillantes purísimos. La empuñadura está rematada por una esmeralda de corte octogonal que encierra un pequeño reloj. Pero Nadir Shãh fue derrocado y muerto en 1747 antes de recibir el obsequio, y la daga quedó incorporada al tesoro del Topkapi. En 1964, este precioso puñal inspiró al director franco-norteamericano Jules Dassin (1811-2008) —el creador de Rififí— para realizar una película fascinante, Topkapi, en la cual una banda de ladrones trata de substraer el precioso puñal del célebre palacio.
  • Durante 377 años el palacio de Topkapi fue la residencia oficial de 26 sultanes otomanos. En 1856, Abdul Maÿid I y su corte se mudaron al nuevo palacio de Dolmabahçe, concebido en un estilo neobarroco pero combinado con órdenes clásicos y de pastiche árabe e indostano. El legendario Topkapi Saray no reabrió sus puertas hasta 1924, cuando Kemal Ataturk lo inauguró como museo.
  • El pensador y poeta francés Alphonse de Lamartine (1790-1869), hablando de los turcos y el Topkapi, dice: «Este pueblo ha situado el palacio de sus señores en la ladera de la más bella colina de su imperio y tal vez del mundo entero».
  • El 15 de agosto de 1999 se inauguró la exposición “Topkapi en Versalles” en el palacio de Versalles, cerca de París, que contó con una muestra selecta de los tesoros del palacio-museo de Topkapí. Por ese propósito se editó un lujoso volumen, Topkapi à Versailles: Trésors de la cour ottomane. Paris: Editions de la Réunion des musées nationaux, 1999.

Notas

(1) Se refiere al César o Constantino XI Dragases Paleólogo (1404-1453), último emperador bizantino que reinó entre 1449-1453.

(2) Imam Abi Al-Husayn Muslim Ibn Al-Haÿÿaÿ Al-Qushayrî Al-Naysaburî, Sahih Muslim. Traduccion de Abdu Rahman Colombo Al-Ÿerrahî. Buenos Aires: Oficina de Cultura y Difusión Islámica, 2006; Tomo VI. Libros 43 a 56, 6924 y 6973.

(3) Mijaíl Kritobulos (ca. 1410 – ca. 1470) fue un político, erudito e historiador griego de Imbros, una isla del mar Egeo cerca de la boca de los Dardanelos que hoy pertenece a Turquía.

(4) Sarkís Balyán (1835-1899) fue uno de los miembros distinguidos de una famosa familia armenia que conformó una dinastía de arquitectos al servicio del Imperio Otomano. Entre ellos cabe citar a Krikor Balyán (1764-1831), Senekerim Balyán (1768-1833), Garabet Amira Balyán (1800-1866), Nigoğayos Balyán (1826-1858), Levon Balyán (1855-?), Hagop Balyán (1838-1875) y Simon Balyán (1848-1894).

A los 500 años del mapamundi de Piri Reis (1513-2013)

En un mapa de 1513 confeccionado por un marino y cartógrafo musulmán otomano aparecen las más remotas referencias geográficas de la Argentina. Este sabio singular se llamaba Piri Reis y fue además un gran almirante que enfrentó en el mar a venecianos y portugueses en defensa del Islam.

Piri Reis (en turco ‘Jefe Admirable’) fue uno de los más famosos cartógrafos del Islam y uno de sus más experimentados almirantes (kapudán-i dariá de la marina otomana). Nació en Gelibolu (Gallipoli) en 1465 y murió en 1554. Su nombre completo era Haÿÿi Ahmed Muhiiuddín Piri Ibn Haÿÿi Ali Mehmet al-Karamanli Larandavî.

Su familia, aunque oriunda de Gelibolu (Galípoli), sobre el estrecho de los Dardanelos, provenía del Beilik de Karaman, llamado antiguamente por los griegos Lâranda (de allí la nísba o patronímico de Larandavî), una región situada al sur de la actual Turquía, al norte de los Montes Tauros, a 100 km al sur de Konya, que se hizo célebre por contener el emirato de los Karamánidas (el más antiguo y poderoso de los beyliks turcos) entre 1250-1487.

Kemal Reis

Desde los quince o dieciséis años, o sea hacia 1480/1481, Piri Reis navegó las aguas del Mediterráneo formando parte de la primera marina otomana. Los conocimientos básicos sobre náutica y navegación, así como el oficio de marino, los aprendió con su tío, Ahmed Kemaleddín (ca. 1451 – 1511), conocido como el almirante Kemal Reis.

Éste comenzó su carrera como comandante de la flota naval del Sanÿak Bey (Gobernador provincial) de la isla griega de Eubea (en griego Évia) que estaba bajo control otomano desde julio de 1470. En 1487 Bayazit II (sultán otomano entre 1481-1512), el hijo de Mehmet II Fatih (1432-1881), el conquistador de Constantinopla, le encargó la misión de defender en la medida de lo posible el sultanato de Granada. Kemal Reis zarpó hacia la Península Ibérica (Al-Ándalus) y desembarcó con una fuerza expedicionaria otomana en Málaga, conquistando la ciudad y las villas circundantes.

Entre 1487 y 1493, Kemal Reis y su sobrino se convirtieron en un socorro para los musulmanes y judíos de Granada que se vieron obligados a escapar de la persecución de la coalición castellano-aragonesa que conquistó su capital en 1492. Por entonces, los corsarios otomanos embarcaban en sus bajeles a aquellos refugiados andalusíes y los trasladaban a enclaves seguros en el Norte de África y las posesiones otomanas.

La campaña contra Venecia

En 1495 Kemal Reis fue nombrado almirante —Kapudán (Capitán— de la Armada Otomana por el sultán Bayazit, quien le ordenó la construcción de su mayor buque insignia, el Göke, que podía transportar 700 marinos y combatientes y estaba armado con los cañones más potentes de la época. Por entonces, el Almirante en Jefe — Kapudán Pashá (Capitán Jefe), también Deryâ Bey (Bey del Mar), Bahriye Beylerbeyi (Gran Bey del Mar) y Kapudán-i Deryâ (Capitán del Mar)— era Kara Nişancı Davud Pashá (m. 1505) que estuvo en funciones entre 1492-1503.

En marzo de 1497 el sultán Bayazit II le encargó la protección de los barcos que transportaban importantes riquezas pertenecientes a las fundaciones religiosas de La Meca y Medina de los frecuentes ataques de que eran objeto por parte de los Caballeros de San Juan, también conocidos como Hospitalarios, que estaban estacionados en la isla de Rodas por aquella época (en 1522 los otomanos tomaron Rodas y permitieron a los Caballeros de San Juan dejar pacíficamente la isla, estableciéndose primeramente en Sicilia y posteriormente en Malta en 1530).

Kemal Reis zarpó hacia Rodas con una fuerza de 2 barques y 3 fustas, y capturó un navío de los caballeros hospitalarios cerca de Montestrato. Más tarde desembarcó en Lemnos (Límnos) y desde allí zarpó hacia Ténedos y retornó a Estambul.

En junio de 1497 se le dieron dos galeras mayores y en julio hizo de la isla de Quíos su base de operaciones en el mar Egeo contra los venecianos y los Caballeros de San Juan. En abril de 1498, al mando de una flota de 6 galeras, 12 fustas equipadas con grandes cañones, 4 barques y 4 barcos de un tipo más pequeño, zarpó de los Dardanelos y puso rumbo al sur hacia el archipiélago del Egeo (Heptaneso) que estaban controladas por la República de Venecia.

En julio de 1498 Kemal Reis zarpó hacia Rosetta (Rashíd) en Egipto con una fuerza de 5 galeras, 6 fustas y 2 barques para transportar a 300 musulmanes en peregrinación hacia La Meca, que llevaban con ellos 400.000 ducados de oro enviados al sultán mameluco an-Nasir Muhammad Ibn Qaitbay por Bayazit II. Luego Kemal Reis zarpó hacia Santorini (Thíra) y capturó un buque veneciano, antes de apresar otro buque portugués en el mar Egeo. Piri Reis participó de todas estas aventuras aprendiendo grandes lecciones de su tío.

Fue entonces cuando se desencadenó la Segunda Guerra Turco-Veneciana de 1499-1503 [la Primera Guerra Turco-Veneciana había tenido lugar entre 1463-1479].

En enero de 1499, Kemal Reis zarpó de Estambul con una fuerza de 10 galeras y 4 de otros tipos de buques, y en julio de 1499 se reunió con la enorme flota otomana, que le fueron enviadas por el Gran Almirante Davud Pashá haciéndose cargo de su comando con el fin de librar una guerra a gran escala contra el Despotado de Morea (Peloponeso, Grecia) en poder de la República de Venecia. La flota otomana se componía de de 67 galeras, 20 galeotes y alrededor de 200 embarcaciones pequeñas.

El 25 de agosto de 1499, Kemal Reis derrotó a la flota veneciana bajo el mando de Antonio Grimani (1434-1523) en la Batalla de Zonchio, en el mar Jónico. Sería también conocida como la Primera Batalla de Lepanto. Fue la primera batalla naval en la historia con cañones utilizados en los barcos, y se llevó a cabo durante cuatro días: el 12, el 20, el 22 y el 25 de agosto.

Después de alcanzar el mar Jónico con la gran flota otomana, Kemal Reis encontró a la flota veneciana de 47 galeras, 17 galeotas y alrededor de 100 pequeños barcos bajo el mando de Antonio Grimani cerca del Cabo Zonchio (al norte de Pylos, en el Peloponeso, que recibe el nombre de Navarino en italiano), y obtuvo una importante victoria.

Durante la batalla, Kemal Reis hundió la galera de Andrea Loredan (1455-1499), un miembro de la influyente familia Loredan de la “Serenísima”. El episodio tuvo la siguiente connotación. En un momento del combate, dos galeras venecianas, las capitaneadas por Andrea Loredan y Alban d’Armer hicieron el abordaje de uno de los buques insignias de los otomanos capitaneado por el vicealmirante Burak Reis. Éste audaz marino musulmán al verse superado en número por el enemigo y al no poder desenganchar los garfios que lo sujetaban al enemigo, decidió incendiar su nave y el fuego rápidamente se extendió a las embarcaciones vénetas. El tremendo espectáculo de las tres naves ardiendo fue un severo golpe para la moral veneciana.

Antonio Grimani fue atrapado el 29 de septiembre, pero fue liberado. [Grimani más tarde se convirtió en el Dogo de Venecia en 1521]. Por entonces, el sultán otomano Bayazit II dotó a Kemal Reis de las 10 galeras venecianas capturadas. Éste entonces estacionó su flota en la isla de Cefalonia (Kefalónia), entre octubre y diciembre de 1499.

En diciembre de 1499, los venecianos atacaron Lepanto con la esperanza de recobrar los territorios perdidos en el mar Jónico. Kemal Reis zarpó de Cefalonia y retomó Lepanto a los venecianos. Se quedó en Lepanto entre abril y mayo de 1500, cuando sus buques fueron reparados por un ejército otomano de quince mil artesanos traídos especialmente. Desde allí, Kemal Reis zarpó y bombardeó los puertos de Venecia en la isla de Corfú (Kérkira), y en agosto de 1500, una vez más, derrotó a la flota veneciana en la batalla de Modon (Methoni, Peloponeso), también conocida como la Segunda Batalla de Lepanto. Kemal Reis bombardeó la fortaleza de Modon por mar y capturó la ciudad.

Posteriormente se hizo con la flota veneciana frente a las costas de Coron (Koroni, Mesenia, Peloponeso) y capturó la ciudad junto con un bergantín veneciano. Desde allí, Kemal Reis navegó hacia la isla de Sapienza (Peloponeso), y hundió la galera veneciana “Lezza”.

En septiembre de 1500, Kemal Reis asaltó Voiussa (Albania) y en octubre se presentó en la isla jónica de Léucade (Lefkáda) antes de poner fin a la campaña y regresar de nuevo a Estambul en noviembre. Con la Batalla de Modon, los otomanos se hicieron con la mayoría de las posesiones de Venecia en Grecia. Modon y Coron, los “dos ojos de la República”, se perdieron para siempre. Todo esto fue posible gracias a los esfuerzos e idoneidad del almirante Kemal Reis, el tío de Piri Reis.

El mapa de 1513

Kemal Reis murió a principios 1511, cuando una escuadra otomana de 27 barcos fue devastada por una tempestad en las Cícladas (mar Egeo). Piri Reis sintió mucho la pérdida de su tío, a quien le profesaba una gran admiración y cariño, y se confinó en Gelibolu, el hogar natal. Allí comenzó a diseñar un gran mapamundi tomando como referencia cerca de treinta fuentes cartográficas de las cuales se conoce la procedencia de catorce: cuatro (por entonces novedosas) cartas portuguesas, ocho ptolemaicas, una árabe y el mapa de Colón (hoy extraviado) entregado por un marino castellano procedente de una nave que su tío capturó en 1501 cuando retornaba del Tercer Viaje (1498-1500) del almirante genovés. Otras ocho cartas no encontradas pertenecían a geógrafos musulmanes.

La carta arábiga describía la India; las portuguesas, América, el Océano Índico y China; la de Colón, el Caribe. No se ha determinado el contenido de las cartas ptolemaicas.

En un capítulo particular de su Kitab-i Bahriye (Libro del Mar), Piri Reis dice que en la confección de su mapa había seguido la tradición cartográfica del tiempo diseñando las ciudades y aldeas con líneas rojas y los lugares deshabitados con líneas negras. Allí también confiesa: “En el mapa mencionado existen los contornos e islas y fueron dibujados del mapa de Colón”. Sobre este mapa en particular, el investigador argentino Hernán G. H. Taboada, profesor de historia por la Universidad de Buenos Aires, maestro en Estudios de Medio Oriente por El Colegio de México y doctor por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, opina que: «Ya Bayazit II se había acercado al Mediterráneo occidental, en su expedición de apoyo a los moriscos, y en ella fue capturado un barco español donde se encontraron los mapas que hicieron posible la obra de Piri Reis sobre América.» (Hernán G. H. Taboada, “La sombra del Islam en la conquista de América”. México: Fondo de Cultura Económica, 2004, p. 93)

Este famoso mapa de Piri Reis de 1513 que actualmente se conserva en el Museo-Palacio Topkapi de Estambul es un fragmento de un mapamundi perdido dibujado sobre una piel de gacela en nueve distintos colores donde se representan las montañas, los ríos, zonas rocosas en las costas, arenales de poca profundidad con muchas notas y dibujos de flora y fauna en los laterales.

Una simple observación del mapa nos permite ver que las inscripciones pertenecientes a la parte derecha fueron rotas por la mitad lo que nos induce a pensar que la obra integraba todo el mundo conocido, es decir con Asia, Europa e Insulindia.

En esta sección conservada en el antiguo palacio de los sultanes otomanos están representados la porción oriental de América del Sur, una zona del Caribe, el Atlántico, la costa de Francia hasta Normandía, la Península Ibérica y el África occidental (hasta la franja subsahariana).

Tiene por dimensiones 86 centímetros de largo, 61 centímetros de ancho en la parte superior y 41 centímetros de ancho en la parte inferior. Entre las inscripciones por la parte noroeste de América del Sur se ve la firma de Piri reis con una breve nota que afirma: “Esto trazó el humilde Piri en el mes de Muharram de 919 de la Hégira (entre el 9 de marzo y el 6 de abril de 1513) en la ciudad de Gelibolu, hijo de Haÿÿi Mehmet, hermano de Kemal Reis, que Dios perdone sus pecados”.

Al dibujar Piri Reis las Antillas no hizo otra cosa que ser totalmente fiel al mapa de Colón donde estaban bastante mal dibujadas. Cuba está indicada como una parte del continente tal como creía el navegante genovés. Durante su Segundo Viaje a América (1493-1496), cuando Colón estaba cerca de las costas de Cuba en 1494, creyó que esta isla formaba parte de la masa continental, por lo tanto registró su opinión en un acta notarial y exogió que lo firmaran todos los hombres de su tripulación, declarando que Cuba era un continente y que cualquier persona que dijese lo contrario pagaría una multa de diez mil maravedíes además de que le sería cortada su lengua por blasfemia.

El litoral sudamericano está trazado por Piri Reis con bastante exactitud, más o menos similar a los mapas modernos de hoy. La distancia entre África y América del Sur coincide con la de los mapas actuales. El mapa está decorado con dibujos realistas  como por ejemplo galeones, barcas, figuras humanas y animales entre los cuales aparecen loros, monos, un elefante, un avestruz, así como criaturas fantásticas copiadas de los mapas portugueses.

Piri Reis confirma que su obra es un mapamundi que abarca todo el mundo conocido al manifestar que “presenta los siete mares”.

Piri Reis y su larga carrera naval (1516-1554)

A partir de 1516, Piri Reis está nuevamente en el mar en la campaña militar de los otomanos contra la dinastía de los mamelucos burÿíes con capital en El Cairo. A principios de enero de 1517 con el rango de capitán de una escuadra tuvo éxito en capturar las embarcaciones surtas en el puerto de Alejandría, siendo recibido después por Selim I Yavuz, el Severo, (sultán otomano entre 1512-1520), durante la estancia de aquel en Egipto, a quien presentó su mapamundi preparado cuatro años antes.

En 1522 Piri Reis participó del asedio a la isla de Rodas contra los Caballeros Hospitalarios de la Orden de San Juan de Jerusalén que finalizó con la rendición del baluarte el 25 de diciembre de ese mismo año y la expulsión de los caballeros a la isla de Malta.

En 1524 participó en la expedición punitiva del gran visir Pargali Ibrahim Pashá (1493-1536) destinada a reprimir la rebelión del walí (virrey) de Egipto. Pero al desatarse una gran tormenta cerca de Rodas, Ibrahim Pashá decidió seguir por tierra y Piri Reis regresó a Gelibolú dedicándose a la composición de su Kitab-i Bahriye (Libro del Mar). A su término, en 1526, lo presentó a Solimán Kanuni (el Legislador), sultán otomano entre 1520-1566, conocido entre los europeos como Solimán el Magnífico que lo recompensó con generosidad.

En 1528, presentó nuevamente a Solimán otro mapa denominado “Mapa de América del Norte. Durante el reinado de este sultán el Imperio Otomano vivió su Siglo de Oro, expandido en tres continentes, dominando los principales  mares del mundo antiguo, como el mar Negro, una gran parte del Mediterráneo, el mar Rojo y el Golfo Pérsico. Su prosperidad dependía en gran parte del dominio sobre las rutas marítimas y terrestres.

Pero los portugueses habían conseguido llegar a principios del siglo XVI a la India después de la expedición de Vasco da Gama (ca. 1469 – 1524) en 1498 que unió Lisboa con Calicut a través del Cabo de Buena Esperanza (Sudáfrica) y Malindi (Kenia).

El Imperio Lusitano se convirtió en breve tiempo en una peligrosísima amenaza para el Mundo Musulmán debido principalmente a su ideología depredadora, racista y criminal. Veamos algunos ejemplos elocuentes. 1507: Los portugueses, al mando de Francisco de Almeida (1450-1510), destruyen en la isla de Diu (al sur de la península de Kathiawar, en el actual estado indio de Guÿarat), una flota musulmana combinada indo-otomana; Los portugueses conquistan los enclaves musulmanes de Sofala y Kiluã en la costa oriental de África, cuna de la brillante civilización musulmana suahili; 1510: Albuquerque arrasa la población musulmana de Goa (India) y se instala una colonia que junto con las de Damán y Diu estará en manos lusitanas hasta 1961; 1511: Los portugueses sitian y conquistan la capital del sultanato de Malaca (Malasia); 1512: Los portugueses destruyen el puerto de Surat, en la costa del golfo de Jambhat. Lo volverían a destruir en 1530 y 1531 [Reconquistado por el emperador mogol Ákbar en 1573]; 1515: Los portugueses asaltan y conquistan la isla de Ormuz en la boca del Golfo Pérsico; 1531: Los portugueses saquean Damán, ciudad musulmana situada en la costa del golfo de Jambhat, al norte de Bombay (India)…

Si existe alguna duda sobre el “legado” del colonialismo portugués, basta con citar las palabras del eminente historiador alemán Georg Friederici (1866-1947) para erradicar cualquier controversia sobre el tema: «Vasco da Gama perpetró crueldades de tal naturaleza contra los malabares de Calicut, como las que fueron denunciadas por Las Casas en su ‘Brevísima historia de la destrucción de las Indias’. Sin embargo, su acto más ignominioso fue el secuestro y quema del barco de peregrinos que iban a la Meca. El Meri llevaba a bordo aproximadamente 240 hombres, además de muchas mujeres y niños. El barco se rindió sin oponer resistencia y entregó sus armas y su valiosa carga. Después que el virrey hubo tomado todo hizo prender fuego al barco y dejó que se consumiera con todos a bordo. Los conocidos detalles de este crimen muestran la crueldad que ostentaba Vasco da Gama y su falta total de decoro y caballerosidad.» Friederici que pasó su vida reuniendo valiosísimas pruebas sobre la expoliación de los pueblos de Asia y América durante el siglo XVI por los europeos, testimonia las infinitas y múltiples perversidades de los colonialistas portugueses contra los musulmanes: «Cuando Albuquerque tomó Goa y envió a sus soldados a saquear la ciudad, dio orden —que aún tenemos y que además está explicada de su puño y letra— de cazar por toda la isla a los musulmanes: hombres, mujeres y niños, y matarlos a todos, pues era su voluntad que no quedase una sola alma musulmana con vida. La cacería humana duró cuatro días y cuatro noches, y su resultado fue la matanza de 6.000 hombres, mujeres y niños… Albuquerque dejó con vida a los hindúes. Sin embargo, hizo que fueran entregados los musulmanes refugiados entre aquéllos, y los encerró en mezquitas con todos los que, por casualidad, habían escapado a la muerte, después de lo cual ordenó quemarlos vivos… Albuquerque hizo castrar, cortarles las orejas, la nariz, la mano derecha y el pulgar de la izquierda a los renegados que había capturado al tomar Benÿarmasín (asentamiento musulmán en Borneo), pero que se había comprometido a dejar con vida de acuerdo con las condiciones de capitulación. Fuera de eso, acostumbraba quemarlos vivos. Así procedían Almeida y Albuquerque, los más altos dirigentes de la conquista portuguesa en Oriente.» (G. Friederici, “El carácter del descubrimiento y de la conquista de América”. México: Fondo de Cultura Económica, 1987; Vol. II: Los Portugueses, pp. 69-72).

El Imperio Otomano, consciente de que su comercio marítimo se iba a ver muy perjudicado ante la irrupción de los portugueses en el Océano Índico, decidió fundar en Suez (Egipto) una base naval “Hint Kaptanlığı” (Capitanía de India) con el fin de controlar el Mar Rojo, el Golfo de Adén y el Golfo Pérsico, así como impedir el paso de las naves lusas en la región.

En 1547 Piri Reis fue nombrado almirante como comandante de la Flota del Océano Índico y de la Flota de Egipto. Su misión principal por entonces era reconquistar Adén a los portugueses. Era imprescindible que los otomanos recuperasen esta plaza fuerte por su importancia estratégica sobre el Estrecho de Bab al-Mandab (Puerta del Dolor) que comunica el Océano Índico con el Mar Rojo.

El 26 de febrero de 1548 recapturó Adén de manos portuguesas que lo habían retenido durante dos períodos, entre 1513-1538 y 1547-1548. Adén fue administrado por el Imperio Otomano entre 1538-1547 y 1548-1645.

En 1552 Piri Reis zarpó de Suez con una poderosa escuadra compuesta por treinta naves cuyo fin era liberar definitivamente el Mar Rojo del peligro portugués y reconquistar la inexpugnable fortaleza de Mascate (hoy Omán), ocupada por Albuquerque en 1507, así como las vecinas y estratégicas islas de Ormuz y Kish (hoy Irán) en la entrada del Golfo Pérsico.

Los documentos existentes sobre esta expedición demuestran que en la batalla naval que tuvo lugar cerca de la isla de Ormuz, la flota otomana, compuesta tan solo de embarcaciones ligeras como galeras propias del Mediterráneo —los otomanos durante los siglos XVI y XVII no construyeron barcos para la navegación oceánica como poseían los europeos desde el siglo XV (galeones y carabelas)—, obtuvo una señalada victoria haciendo huir la flota lusitana, muy superior en número de naves. Pero las naves de Piri Reis habían sufrido daños considerables. Pese a eso, se persiguió al enemigo y se puso sitio a la fortaleza de Ormuz. Pero cuando llegó la noticia de que una fuerte armada portuguesa venía desde el Índico en socorro de la plaza asediada, Piri Reis no tuvo más remedio que levantar el sitio y navegar las aguas del Golfo Pérsico hacia Basora (Irak), la provincia otomana más cercana.

Cuando hubo llegado a Basora le fue negado el acceso a la ciudad por razones burocráticas. El no poder entrar en ella supuso para el anciano y experimentado almirante un gran problema ya que no pudo contratar a remeros para las mermadas tripulaciones de sus galeras. Por lo tanto no le quedó más remedio que disolver su flota ya muy deteriorada y tratar de llegar a Suez antes de que los portugueses bloqueasen el estrecho de Bab al-Mandab. Zarpó pues de Basora con tres naves cargadas de un gran botín que había ganado a lo largo de la expedición.

En 1553, luego de una azarosa navegación durante la que perdió una nave, pudo arribar finalmente al puerto de Suez. Durante su ausencia los enemigos que nunca faltan habían difundido rumores de que recibió sobornos de los portugueses de Ormuz para levantar el sitio. Y, por otra parte, el gobernador de Basora, Kubad Pashá, resentido por no haber recibido una porción del tesoro que transportaba Piri Reis, había enviado al sultán Suleimán informes desfavorables en contra del almirante. Por esa razón, en el puerto de Suez Piri Reis fue detenido.

El haber estado ausente durante un poco más de un año fue suficiente para que muchos olvidasen su pasado glorioso, sus obras y sus victorias contra los portugueses. Se le acusó de haber disuelto su flota en Basora y no haberse esforzado en reconquistar la isla de Ormuz. Al secundar estas acusaciones el virrey de Egipto, fue condenado a muerte por orden del sultán Solimán el Magnífico, siendo decapitado en 1554, cuando superaba los 89 años de edad.

Así terminó la vida de un creyente, de un hombre de acción, que tenía profundos conocimientos en los estudios náuticos y que sabía varias lenguas extranjeras entre las que figuraban el castellano, el catalán, el portugués y el italiano. Después de su muerte todas sus pertenencias fueron embargadas y enviadas al palacio de Topkapi.

 Enigmas de Piri Reis

Mientras clasificaban los numerosos textos encontrados en el edificio, el señor Halil Edhem, director de los museos nacionales, descubrió el mapa de 1513 el 9 de noviembre del 1929, hasta entonces desconocido en el mundo de la ciencia. Después de haber escuchado acerca de este descubrimiento del mapa más antiguo de América, Kemal Ataturk () mostró gran interés por el asunto. El fundador de la República de Turquía pidió que el mapa fuera trasladado a Ankara. Lo estudió y ordenó que fuera publicado así como estaba y que fuera examinado por investigadores.

Muchos de estos mapas empezaron a reaparecer en el siglo XVIII en el Palacio de Topkapi de Estambul, pero fue a finales de 1929 cuando se estaba realizando un inventario de los fondos del antiguo palacio cuando se descubrió un viejo mapa confeccionado en cuero de gacela de 85 por 60 cm. donde aparecían Francia, España, África Occidental, el Océano Atlántico, parte del Norte de América, el Sur de América, la costa Antártica y que, aún estando rasgado se sospecha que también incluía Europa, Asia y Australia. Era el gran mapa realizado en el año 1513. A éste le siguieron el resto de los mapas, así como documentación donde el propio Piri Reis explicaba que para la realización de sus mapas utilizó 20 viejos planos y 8 mapamundi confeccionados en la época de Alejandro el Grande.

Los rasgos más característicos de estos antiguos mapas, son sus exactas coordenadas, un conocimiento de la longitud que no se desarrolló en el mundo moderno hasta finales del siglo XVIII, unos conocimientos de trigonometría esférica y el uso de precisos instrumentos geodésicos, todo ello impropio de la época en la que supuestamente fueron realizados.

En 1960 el teniente coronel de los EE.UU., Harold Z. Ohlmeyer, especialista en cartografía estudió estos mapas, y admitió en sus conclusiones que la costa antártica que aparece en el mapa de 1513 tuvo que ser forzosamente cartografiada antes de que hubiera sido cubierta por la capa de hielo que presenta en la actualidad, es decir, dentro de un período que se sitúa hace 8.000 ó 10.000 años, mucho antes del conocimiento de nuestra historia escrita. Otros investigadores como H. Mallery, Walters, Lineham, Charles H. Hapgood y Richard W. Stracham avalan y amplían estas afirmaciones.

El profesor George Sarton (1884-1956), famoso historiador de la ciencia de la Universidad de Harvard, realizó un completo estudio de las escalas y distancias de los trabajos de Piri Reis. En su informe final aseguraba que las distancias entre los diferentes puntos eran exactas, tomando siempre como parámetro la medida griega “estadio” (1 estadio = 186 metros), la escala utilizada por el navegante turco se extrajo de la medición de la circunferencia de la Tierra realizada por el sabio Eratóstenes en el siglo III a. C. Estos datos corroboraban lo expuesto por el propio Piri Reis, y es que la antigüedad de los mapas originales de los que copió, se remontaba a tiempos de Alejandro el Grande (356-323). ¿Cómo fueron confeccionados unos mapas tan perfectos sin una tecnología como la actual? ¿Cómo fue posible cartografiar la costa Antártida sin hielos, incluso reflejando las altitudes y otros accidentes geográficos que hoy se están apenas descubriendo?

Un cartógrafo otomano del siglo XVI, Hadji Ahmed (1559), representa América con una precisión que sólo se conseguirá dos siglos más tarde; enseña también una tierra entre Siberia y Alaska, donde se encuentra el Estrecho de Behring, istmo que desapareció hace unos 10.000 años.

Parece que los mapas originales depositados en la Gran Biblioteca de Alejandría habían sido copiados, compilados y sin duda transferidos en ciudades más relevantes como Constantinopla que fue reconquistada en 1204 por los Venecianos (grandes navegantes). Posteriormente se propagaron de un modo muy confidencial. Estos portulanos no sólo tenían un gran valor económico sino también el mayor interés militar y comercial.

Por consiguiente todos estos datos demuestran que existía probablemente, hace como mínimo seis mil años, una civilización desconocida que poseía:

Un conocimiento de las matemáticas sumamente sofisticado:

Trigonometría esférica

Traslación trigonométrica

Proyección cordiforme

Conversión de coordenadas polares y rectangulares…

Un perfecto conocimiento de la rotundidad de la Tierra.

Así como instrumentos tan precisos que permitían medir, especialmente la longitud, con una exactitud que sólo se consiguió a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, y medios de navegación que ignoramos.

Se imagina que es solamente en aquella época cuando el hombre habría salido de sus grutas y empezado a “civilizarse” en el Oriente Medio (¿es una coincidencia?), y sin embargo, parece ser que el planeta había sido ya cartografiado en su conjunto. Además, estos mapas no eran únicamente costeros sino que llevaban también sierras montañosas en el interior de continentes ¡con indicación de sus altitudes! No solamente eran marineros excelentes, sino que debían ser exploradores fenomenales. Esta civilización desconocida que ha desaparecido, transmitió, probablemente a los egipcios, fragmentos de sus conocimientos pero no su ciencia entera… ¿Eran los Fenicios, los Cretenses minoicos, los Tartesios?

La hipótesis de la legendaria y tan controversial Atlántida, ¿no merecería volver a examinarse? Solemos comprender la civilización únicamente como un fenómeno global, pero lo que sabemos de la antigüedad demuestra que el conocimiento no era compartido, sino que se reservaba a una elite dirigente cuyo poder se basaba precisamente en esta superioridad.

La conclusión de todos estos mapas, de todos estos conocimientos inefables, es simple y abrumadora. Y sería aún mucho mayor si no hubiesen sido devastados por el fuego y por la intransigencia e intolerancia del ser humano a lo largo de su historia, tantos libros y documentos recopilados por nuestros antepasados de otros tiempos aún mucho más anteriores y que ellos definieron como la Edad de Oro del hombre. Basta recordar que en unas pocas horas, uno de los legados más importantes de la humanidad, la Biblioteca de Alejandría, fue consumida por el fuego en el año 391 por orden del patriarca monofisita de Alejandría, Teófilo y se perdieron muchos de los conocimientos de los antiguos para siempre. [Véase “El incendio de la biblioteca de Alejandría: Una historia falsificada para incriminar a los musulmanes”, en La Voz del Islam Nº 22, Abril 2013, pp. 10-15]

Piri Reis perteneció a ese grupo de recopiladores de un saber lejano y oculto que hoy se nos antoja de leyenda y de fantasía, pero donde se pueden adivinar pequeños signos y señales de una historia que para nada tiene que ver con la que nos han contado. Para dejarnos con un enigma más. Como si hubiera pocos, Piri Reis escribe en su planisferio de 1513 una frase junto al tosco dibujo de un cuadrúpedo: “Este monstruo se denomina shami”. La alusión es clara y directa. Está refiriéndose al camélico americano, la llama, que por hallarse solamente en el interior del continente sugiere que exploradores desconocidos penetraron en el corazón de Sudamérica en una época anterior a la llegada de los españoles.

Reconocimiento de Piri Reis

A partir del descubrimiento del mapa de 1513 en 1929, Piri Reis comenzó a ser reconocido progresivamente por los hombres y mujeres de su patria, Turquía. Por ejemplo, varios navíos de la armada turca han sido denominados desde entonces con su nombre.

En 2013, al cumplirse los 500 años de la confección de su mapamundi, numerosos congresos y conferencias tuvieron lugar en los cinco continentes en su homenaje donde participaron historiadores, científicos y especialistas de las más variadas culturas y religiones.

Sueños en el Orient Express

El mítico tren, fuente de inspiración literaria y cinematográfica, sigue vivo en la imaginación de millones de personas que evocan un pasado de lujo, misterio y glamour.

Aspecto del convoy del Orient Express a su paso por Budapest, en 1929.

“¡Pasajeros al tren!”. Como si hubiéramos retrocedido medio siglo en el tiempo, una locomotora a vapor de 1922 saluda, con su silbato antañón, a quienes se acercan estos días por la explanada del Instituto del Mundo Árabe (IMA) parisino. La máquina, una 230 G 353 del tipo Ten Wheel, capaz de arrastrar un tren de 400 toneladas, se yergue imponente a orillas del Sena junto a cuatro vagones igualmente venerables que la Compagnie Internationale des Wagons-Lits ha cedido al IMA para completar la muestra ‘Érase una vez el Orient Express’, que conmemora el 130º aniversario de la línea férrea más legendaria del Viejo Continente. “El Orient Express no es sólo un tren o un itinerario de ferrocarril”, explica el consejero científico de la muestra, Gilles Gauthier. “Representa la fascinación por Oriente, un estilo de vida sofisticado y cosmopolita, pero también un puente entre civilizaciones. Por eso quisimos que este homenaje fuera más que una simple exposición, una invitación al viaje”.

Para este veterano diplomático especializado en Asia Menor y traductor de literatura árabe, el medio millón de visitantes que esperan recibir de aquí al 31 de agosto debería evitar caer en la nostalgia de la época colonial y percibir la exposición desde una perspectiva más historicista que ‘glamourosa’. “Cuando el empresario belga Georges Nagelmackers tuvo, a finales del siglo XIX, la idea de crear esta línea que unía diariamente París con Constantinopla [desde 1930, Estambul], recorriendo 3.050 kilómetros en 81 horas y 30 minutos, fue un auténtico hito de la revolución industrial que contribuyó decisivamente a romper barreras”, señala.

“Gracias al Orient Express, Europa pasó de las leyendas que evocaban el Imperio Otomano a descubrir la realidad de aquellas tierras lejanas», indica por su parte Claude Mollard, comisario de la exhibición. “Y aunque poca gente lo recuerde hoy, la conexión con el Taurus Express permitía a los viajeros occidentales llegar en cuatro días y medio a Trípoli, en siete días a El Cairo, en ocho a Bagdad… Así que la historia de este tren es, también, la historia de Oriente Medio y de cómo ha cambiado el mundo árabe durante dicho periodo”.

“Antes de que existiera este ferrocarril, sólo los diplomáticos y los aventureros lograban conocer Asia Menor”, agrega la comisaria adjunta de la exposición, Agns Carayon. “El Orient Express fue, en ese sentido, el primer expreso internacional del mundo y permitió cruzar fronteras sin cambiar de tren”.

Mucho tiempo ha transcurrido desde que, el 5 de junio de 1883, el primer convoy arrancó de la Gare de Strasbourg parisina -hoy, Gare de L’Est- rumbo a la entonces capital otomana, pasando inicialmente por Estrasburgo, Munich, Viena y Budapest. Al arrancar la locomotora, resonaron en el andén los acordes de la ‘Marcha turca’ de Mozart y los pasajeros -sólo hombres en aquel trayecto inaugural- brindaron con champagne Cordon Rouge de Georges Hermann Mumm.

Inspirado por el lujo de los coches-cama y del vagón-restaurante con servicio de guante blanco desarrollados en los Estados Unidos por George Pullman, Nagelmackers había concebido el Orient Express como un auténtico ‘palace’ sobre ruedas que podía competir en comodidades y gastronomía con los hoteles Carlton o Savoy de Londres que dirigía por aquel entonces un tal César Ritz. “Salmonetes de roca, tournedós con salsa bearnesa, silla de cordero a la Clamart, tisana al champagne…”, reza el menú que se sirvió a una distinguida clientela que se vistió de ‘tuxedo’ -vulgo esmoquin- para cenar en apretadas mesas de dos o de cuatro comensales, a la luz de las lámparas de aceite.

Una vez superada con éxito la primera travesía, el expreso intercontinental pronto se convirtió en favorito de una élite aristocrática o artística asidua de las páginas de sociedad: las actrices Marlène Dietrich y Greta Garbo, la espía Mata Hari, el arqueólogo y aventurero Thomas Edward Lawrence (alias Lawrence de Arabia), el empresario de ballet ruso Serge Diaghilev, la soprano Maria Callas, la escritora Agatha Christie…

Para alojar a todas esas personalidades comme il faut, abrió sus puertas en 1895, en el barrio de Beyoglu -reducto de embajadas europeas y mansiones de ricos potentados judíos-, el suntuoso Pera Palace, que dominaba todo el Cuerno de Oro y al cual se accedía desde la Estación de Sirkeci mediante carruajes que cruzaban el bullicioso puente de Galata. Dicen que incluso Agatha Christie escribió en una de sus habitaciones -que hoy lleva su nombre- su relato más conocido: ‘Asesinato en el Orient Express’ (1934). Con tales premisas, ¡cómo no iba esta línea ferroviaria a convertirse en una fantasía de lujo asiático para el pueblo llano, que sabía de ella gracias a la literatura y el cine!

“Alrededor de nosotros se hallan personas de todas las clases, nacionalidades y edades. Durante tres días, estos extraños se ven forzados a estar juntos. Duermen y toman sus comidas bajo el mismo techo, no pueden evitar cruzarse. Al final del viaje, se separan, cada uno sigue su camino y seguramente no se vuelvan a ver jamás”, cuenta Agatha Christie en las páginas de su icónica novela.

Si la creadora del inmortal inspector Poirot situó en este peculiar entorno un enrevesado homicidio colectivo -llevado a la gran pantalla por Sidney Lumet en 1974-, Ian Fleming lo aprovechó para que el espía británico James Bond y la desertora soviética Tatiana Romanova trataran de escapar de sus perseguidores en su quinta novela ‘Desde Rusia con amor’ (1957), que luego sería adaptada igualmente al cine por Terence Young en 1963. Pero hay muchos más libros y películas que han contribuido, de una forma u otra, a engrandecer el mito del Orient Express.

Desde Pierre Loti con su ‘Fantasma de Oriente’ (1892) hasta Vladimir Fedorovski y su ‘Le Roman de l’Orient-Express’ (2006), son legión las crónicas viajeras y relatos de misterio ambientados en este tren, destacando ‘Las once mil vergas’ (1907) de Guillaume Apollinaire, ‘Orient Express’ (1927) de John Dos Passos, ‘Wagon-lit’ (1932) de Joseph Kessel y ‘Tren a Estambul’ (1932), de Graham Greene, a quien gustó tanto la experiencia de la novela ferroviaria que repitió escenario en ‘Viajes con mi tía’ (1969).

George Cukor, por su parte, dirigió la versión cinematográfica de este último título en 1972, con una Maggie Smith magistral, fichada a última hora para encarnar a la inagotable tía Augusta después de que Katharine Hepburn fuera descartada por exigir demasiados cambios en el guión. Algunas escenas de este filme delicioso se proyectan en el sótano del Instituto del Mundo Árabe, junto a extractos de ‘Alarma en el expreso’ (Alfred Hitchcock, 1938), ‘Sherlock Holmes ataca el Orient Express’ (Herbert Ross, 1976) y otros largometrajes ambientados en el icónico trans-europeo.

Dichas imágenes cinematográficas comparten protagonismo, en los 800 metros cuadrados de salas expositivas del IMA, con mapas de los diferentes recorridos que realizó el tren a lo largo de su historia centenaria, maquetas, uniformes del personal de Wagon-Lits, affiches publicitarios, cuadros orientalistas, vajillas, platería y cristalería de época, menús y carteles, así como los baúles Moynat, casa parisina fundada en 1849 y que tuvo su apogeo comercial precisamente en esos felices años 20 en que el Orient Express reinició su actividad tras el dramático paréntesis de la Primera Guerra Mundial.

“El final de la Gran Guerra coincidió con la puesta en marcha del nuevo trazado de la línea, a través del túnel de Simplon, que atraviesa los Alpes uniendo el cantón suizo del Valais y el Piamonte italiano”, explica Anthony Burton en ‘The History of the Orient Express’. Merced a este itinerario se esquivaba Alemania y el tren pasaba por Lausana, Milán, Venecia, Trieste o Belgrado. La nueva línea tomó el nombre de Simplon Orient Express y supuso un acontecimiento en el periodo de Entreguerras.

“Después de la segunda contienda mundial, el telón de acero se encargó de hundir el sueño de Nagelmackers”, comenta Mollard. Vías en mal estado, innumerables controles en las fronteras, la velocidad media pasó de 100 kilómetros por hora a 50… Todo esto, unido a la rapidez de los aviones, acabó con el romanticismo del histórico transcontinental, que hizo su último viaje París-Estambul en 1977. Desde entonces, funciona un remedo privado llamado Venice Simplon Orient Express, propiedad del coleccionista Sir James Sherwood, que ha adquirido en subastas varios vagones antiguos y los ha restaurado para realizar ocasionales viajes de ultra-lujo entre capitales europeas y sólo en agosto programa una salida que sigue el trayecto completo original con algunas variantes y conexiones. Pero no es lo mismo.

Mientras la SNCF -compañía ferroviaria francesa que ha invertido 2,5 millones de euros en la expo parisina- decide cómo seguir explotando en el futuro la prestigiosa marca, los mitómanos pueden acercarse a la explanada del Instituto del Mundo Árabe para contemplar la singular locomotora y visitar los cuatro vagones, ambientados con objetos de época, que conforman la primera parte del recorrido de ‘Érase una vez el Orient Express’. A saber: el vagón-salón Pullman Flèche d’Or Nº 4159 construido en 1929 con ‘boisseries’ de acacia y apliques de vidrio modernista firmados por René Lalique; el coche-bar Train Bleu Nº 4160 del mismo año, con sus 8 mesas de café y sus 22 sillones ‘bridge’ de cuero; el coche-cama Tipo Ytb Nº3927, fechado en 1949 y equipado con 11 compartimentos, así como el espectacular vagón-restaurante Anatolie Nº2869, fabricado en 1925 y decorado por el reputado ebanista británico Albert Dunn.

En este último, por cierto, se puede cenar -previa imprescindible reserva- en el restaurante efímero que ha abierto hasta el 31 de julio Yannick Alenno (ex Le Meurice), con 40 plazas para degustar de martes a sábados un menú concebido, según el chef, “con el espíritu de una época en la que uno se tomaba su tiempo para cocinar”. Consomé, soufflé, fricasé de pularda y repostería oriental forman la columna vertebral de esta degustación, a 120-160 euros el cubierto, servida sobre manteles de la histórica casa Porthaut y regada con champagne Baron de Rothschild. Una experiencia culinaria irrepetible que es, como toda la exposición que la rodea, un viaje virtual en un medio de transporte legendario hasta una época en que Europa miraba con fascinación al misterioso y no tan lejano Oriente.